martes, 1 de mayo de 2007

Allegro, sostenutto

Entre deshojar y desojar hay mucho más que una h.

Y dicha esta gilipollez, digo que mayo adviene sin hacer ruido, con una buena dosis trabajo y los días de playa consolidándose lenta pero paulatinamente. La gata anda primaveral y Beba medio enamorada. Yo, de campaña. Y como si de un polo cargado de energía roja se tratase, como si hablar de mi cuerpo fuese nombrar un campo magnético fatídico, atraigo a las cargas opuestas. Las ideas, como el polen, se confunden en este alegre caos de mayo electoral.

Ligar con tíos de derechas, admitámoslo, es un puntazo: tiene un plus de morbo mutuo añadido que, sin no descarrila fuera de la cama en discusiones sin fin sobre Aznar y el 11-M, le da un toque furtivo al sexo. Si el tío, aparte de ser de derechas, es oficial del ejército de tierra, ya ni te cuento. Luego está el lunes, claro. Y el lunes, desorientado, se cierra con un sms en plan "te echo de menos, mi rojo", y uno, que no está acostumbrado a que un defensor de la patria le diga esas cosas, se pone entre lírico e irónico (lirónico, podríamos decir) y le contesta: "mañana en la batalla piensa en mí". Y del palo.

Y así se va deshojando mayo. Que no desojando.

Pero los días pasan y no pasan más que los días, sin que pase mucho más.

En Semana Santa pasó un pequeño rebelde del norte, un joven puercoespín de mucha cresta, mucho ipod, mucho cariñito y mucho abrazo sincero. Le prometí que le dedicaría unas palabras y éstas son, sin que pueda decir mucho más porque lo vivido es mejor que lo leído o escrito, y porque las cenas robadas a la noche, las noches robados a los días, y los días robados a la semana merecieron la pena. Entre aparthoteles de Fuengirola, MacDonald de última hora y alguna sesión golfa (me hizo entender el verdadero sentido de "sesión golfa") en el cine viendo 300, se evaporó una Semana Santa que prometía tedio de cirio e insulsez dulzona de manto, paso e incienso. Así, le sajamos al pudor unas cuantas horas bien sudadas, bien acariciadas, bien besadas. Y le ganamos al calendario un amigo, un rubio, un fogoso, un generador de abrazos bien generados.

Me meto en el yutiú y encuentro otro vídeo épico de los Modern Talkings... El cantante es un cruce entre Guillermo Tell y alguna mujer que no sé quién es pero que podría ser Carmina Ordóñez. Ahí van dos vídeos de Modern Takings La Divina...



Las palabras tenían siempre usos nuevos en Carmina...

sábado, 21 de abril de 2007

Sábado lluvioso

He perdido, progresivamente, las ganas de salir por la noche. Imagino que será una cuestión, más que nada, laboral, de horarios, de ritmos de trabajo, de agotamiento físico. También creo que el sexo y la seducción se retiran cada vez más de la noche para agazaparse en los chats, en el ciberespacio y en las redes de amigos. Antes las barras -de bar- tenían un código: la mirada que celaba alguna promesa, pero ahora son más bien un catálogo de ausencias, o al menos lo son para mí. La noche me resulta cara y de garrafón. Pero eso nos salimos del circuito y nos montamos el botellón virtual de los contactos por internet, que son ubicuos, atemporales y a la carta.

Hoy llueve de forma dispersa, leve y como sin ganas. Es un día sin ganas. Pero yo tengo que trabajar, tenga o no ganas. Estaría bien que volviese el sol mañana, ir al Balneario, leer a Vila-Matas, dejar que la tarde se extinguiese entre los eucaliptos de la playa y el sol pausado y perezoso que se pone por Marbella. Y estaría bien terminar la noche con algún "alma del averno".

Bueno, os dejo con el vídeo de mi canción favorita de El Último de la Fila... Y tu ropa al sol.

miércoles, 11 de abril de 2007

Semana, ¿Santa?

Entre ramos, resurrecciones y calvarios ha desfilado una docena, veintena o treintena de cristos y vírgenes de todo pelaje por las calles de Málaga. Hay para todos los gustos (y disgustos). Unos cristos son ricos; otros, pobres. También hay vírgenes bastante horteras, vestidas como unos faralaes imposibles y unos atrezzos del barroco andaluz más recargado.

Uno no termina de entender para qué arreglarse tanto si te vas a quedar, nunca mejor dicho, a dos velas.

A mí es que lo que de la virginidad, en los tiempos que corren, mundializados, interconectados en red y rizoma, deconstruidos y diseminados, glocalizados y nómadas, me ha sonado siempre a ñoñez tipo sí pero no, poco a poco, y méteme sólo la puntita, cariño. Vamos, que el modelo nacionalcatólico de mujer, virgencita-pero-mona, recatada-pero-coqueta, que podíamos ver en las películas del franquismo y que aún hoy pervive en las sedes del PP me ha parecido siempre una calientapollas de primera categoría.

La virginidad es, por tanto, siguiendo a Zizek que sigue a Lacan, la barrera de contención-pulsión del deseo prohibido: la generación de una libido por omisión. La Semana Santa no es la escenificación del pecado, sino de la incitación al mismo. Nada hay más apetitoso que un buen Cristo en sus buenos 33 tacos, melenita y barba tipo John Lennon, con el torso lacerado y fibroso, sudando y tapándose las vergüenzas tan sólo con un paño en la cintura como si estuviese en una sauna gay.

Y qué me dicen de las vírgenes... Fijaos si serán símbolo del deseo que los musulmanes imaginan el paraíso llenas de ellas...

He intentado explicar esta teoría en las cofradías de los Estudiantes, la Pollinica y Jesús el Rico, pero ni puto caso. Ellos sabrán. Luego uno se va a la Nogalera, a Torremolinos, al ambiente homosexual más cerrado y oscuro, y está lleno de fornidos costaleros recién desfilados buscando otro tipo de cirios.

Al final, la Semana Santa es el campo semántico breve y perfecto donde se repiten hasta la náusea conceptos como emoción, incienso, azahar, fe, Málaga, pasión, madrugá, que ocultan una inmensa burocracia del deseo y del placer.

Añoro los años de fresca y alegre deshinibición de la década de los 80. En las playas de Cullera y Torremolinos, el niño que fui corría por la orilla imitando este mítico spot de Fa, sintiendo el frescor en mi piel y todo eso. Supongo que aquello era síntoma de que algo no funcionaba según los parámetros normativos. Pero que funciona pefectamente según otros parámetros performativos. Recordemos tiempos con Fa soft.



PD: Esta Semana santa he pecado, no todo lo que hubiese querido, por motivos de agenda y espacio, pero he incurrido en pecado... Merece un post-erior. Lo habrá.

miércoles, 4 de abril de 2007

París, Texas

Siempre que me preguntan (o, en soledad, me pregunto) cuáles son mis diez pelis favoritas, hay una que siempre aparece: París, Texas, dirigida por Win Wenders y con guión de Sam Shephard. Tiene mérito si tenemos en cuenta que mis gustos son erráticos, y que mi decálogo varía y fluctúa más que el precio de la vivienda de VPO en Marbella siendo concejala del ramo, pongamos por caso, Marisol Yegua (su cara tiene más de yegua que de yagüe). Las mismas películas cambian de posición. Otras que había visto hacía tiempo, suben a la lista, o desaparecen de este ránking mental. Uno que es así de friky.

París, Texas resiste. El desierto largo e inconcluso que atraviesa la película como un coche destartalado es una metáfora demasiado fuerte, demasiado sólida como para desaparecer. En él está la soledad y el amor, el desamparo y la amistad, la familia, el deseo, el recuerdo, el sueño, la esperanza… Todos, personajes que se resumen en uno: Travis. Éste hombre adusto, tímido y flaco, sencillamente, aparece un día en el desierto de Texas. Perdido. Recordando. Buscando. Y decide empezar la búsqueda por el principio: buscar a su hijo, y reencontrarse con la madre (por cierto, la mejor Natasha Kinsky vista jamás).

Travis somos todos. Supongo que hay una parte en él del adolescente que fui, del joven que se fue a Madrid, y ahora, del que volvió a Málaga. La vida, al cabo, podría ser un desierto filmado por Wenders, fotografiado por Robby Müller, musicalizado con riffs a la guitarra de Cooder y con los lacónicos, pero intrigantes, diálogos de Sam Shephard. La vida siempre es más prosaica que el cine, pero en la comparación salimos ganando.

Pero volviendo a nuestro personaje, Travis es, además –o tal vez-, un Ulises moderno que viaja torpemente hacia su Ítaca: la felicidad inasible y fugitiva que siempre anida en el recuerdo como un fogonazo del pasado. París, Texas no es una Odisea, sino una road movie tranquila, de largos atardeceres con cielos rojo-sangre, de música suave y penetrante (guitarra de Ry Cooder, que cogieron para la careta de Documentos TV, ¿recuerdan?).

Ítaca, como bien diría Kavafis, está en nosotros. Porque es a sí mismo a quien se busca Travis por el desierto tejano. París, ciudad explosiva, que simboliza la luz de Occidente, la belleza, la civilización, era un lugar imaginario del desierto de Texas donde él y su mujer concibieron a su hijo. A la postre, es el sitio donde está la felicidad, ubicado en un lugar inalcanzable del desierto de cada uno.

jueves, 29 de marzo de 2007

Minerales

Según leo en "Nocilla Dream", de Agustín Fernández Mallo, hay un principio de Reversibilidad Universal según el cual todo aquello que no podemos ver o percibir tampoco puede vernos o percibirnos a nosotros. Según esa Ley cuya fórmula matemática desconozco, usted no podría estar viéndome ahora mismo. Por eso, la Ley no contempla a los isótopos que interactúan, a través de la red, con el mismo núcleo pero con distinto peso. La casa de los Kamosisas es un campo magnético, y el Kamosisa no es sino pura información, un fantasma compuesto por signos, ideas y vídeos del Youtube. Quiero ser Otro pero al final sólo configuro un Yo difuso, nómada, que se expande en rizomas sorprendentes e interconectados. Esto no es una ficción, sino un simulacro de la realidad invertida, y por tanto, irreversible. Bienvenidos al desierto de lo real, como diría Zizek, donde apenas hay un cactus virtual, un árbol de Josué maquínico, una carretera perdida en un desierto.

Me gustaría romper esta pantalla para verte, dejar de ser un cyborg, un mineral compuesto de HTML, quebrar las normas de la gravitación universal del World Wide Web y hacer real la Reversibilidad.

Porque, como Bruce,

I still belive that
Two hearts are better than one
Two hearts girl get the job done
Two hearts are better than one

jueves, 15 de marzo de 2007

Noche okupa

El viernes este kamosisa quiso ir a la fiesta de inauguración del Festival de Cine, aunque sabía que estaría plagada de niñatos del PP, pero se quedó sin entrada. El sábado noche, el kamosisa, en un arranque de voluntad personal inaudito en él cuando la oscuridad se cierne, coge el coche, atraviesa la ciudad escuchando el Zooropa de U2 (Lemon… See through in the sunlight She wore lemon But never in the daylight) y se presenta en un palacete okupa donde transcurre el Contra Festival, un festival alternativo para protestar contra el derroche del festival oficial y la falta de espacios culturales para jóvenes creadores locales. Acto de insumisión cultural. Ajuste de cuentas con la cultura… del capital.

¿Por qué no escribiré en primera persona? Bien, me paso a la primera persona. Así, habrá segundas y terceras personas cuando aparezcan.

Cuando llego al patio interior del palacete, descubro un precioso edificio decimonónico, abandonado y reconvertido de manera improvisada en un espacio multicultural, mutifuncional, multicanal y multitudinario. Y multietílico. Musicón tecno. Neopunkies. Ecologistas. Alternativos. Marineros. Soldados. Solteros… Solteros… Solteros...

Había quedado con unos amigos que no aparecen y descubro entre las sombras del mal, debajo de un árbol viejo y tristón, a M. Lo miro, me mira, se levanta y abandona a sus amigos. Es un chico con aspecto de joven salvaje: alto, delgado, fibroso, con el pelo castaño e indómito, del que brota una minúscula trenza, más larga, y con una barba de dos días bastante díscola. M me sonríe, taciturno, con los ojos tranquilos por un porrete, y me habla, desde su distancia amable. Y nos hablamos, nos sonreímos y fumamos juntos.

Con una cerveza en la mano empiezo a reparar en lo jodidamente guapo que es el cabrón: tiene 21 años -¿será lo mío un problema catalogado ya por la OMS, o le queda poco para serlo?-, y esa pinta, ya eterna, de rebelde sin causa, de niñato incomprendido en todos los ambientes, de hijo fugitivo, de mal estudiante, de vago crónico, de inteligente decepcionado, de devorador de experiencias, de excluido por decisión propia, de seductor sin tregua, de violento, de cariñoso, de tierno, de duro. M es todo eso, acorazado en su cazadora de cuero negro, bajo el suave algodón de una camisa india. Cerca de él, me dan ganas de atracar un banco y hacer luego el amor bajo un rojo atardecer. Deseo. Es sábado noche y fui yo quien quiso presentarse en una fiesta okupa.

M se lía uno detrás de otro, bebe un vaso de anís, y me cuenta cómo entraron en la casa, cómo estaba todo lleno de ramas, de escombros, el trabajo que ha supuesto adecentar aquello. Me cuenta que el palacete tiene 4 plantas más. Todas vacías. Todas llenas de secretos y posibilidades, de sueños por cumplir. “¿Quieres ver cómo es?”, me pregunta. “Por qué no, ¿vamos?”, respondo. Y M y yo nos lanzamos, como niños pequeños, a subir escaleras oscuras, yo alumbrando con el móvil, él dirigiendo la expedición de dos viajeros ebrios.

Las plantas son laberínticas. Habitaciones que dan a habitaciones que dan a pasillos que se pierden en la nada. Y vuelta a empezar. Cada estancia vacía parece ser distinta, como si, entre la oscuridad y la luz cansada de la noche que se cuela por los ventanales, se moviesen los espíritus de quienes habitaron la casa hace décadas. Siento, de golpe, la necesidad de no separarme de M en todo aquel viaje hacia el final de la noche.

M y yo llegamos a la última planta, la suit principal, y principesca. Tiene ventanales grandes que dan al patio donde se desarrolla la fiesta. Saboreamos el silencio de madera y yeso de aquella estancia, con el runrún alegre que proviene del patio, y nos sentamos en el alféizar de la ventana. Arriba, hay una luna grande que se proyecta, como un tópico bastante manido, pero real, sobre los tejados de la ciudad. Abajo, árboles centenarios protegen a los alternativos del claro de luna. Es una escena a medio camino entre “Mi Idaho privado” y “La casa de los espíritus”.

En medio, M y yo en la ventana, ya sin hablar, sólo sonriéndonos con timidez y tensión y casi suspendidos en el vacío. Me paso, como un tonto, un montón de minutos mirando su camisa india bajo su chaqueta de cuero raída, sus pantalones anchos, su indiferencia ante el mundo, su vanidad altiva. M me mira sin saber muy bien quién soy, pero ha estado toda la noche dedicándome la mejor de las sonrisas posibles. La mejor que se pueda encontrar en una noche de sábado. Y entonces, sí, entonces nos besamos. Nos besamos durante horas.

El resto de la noche está okupado. Tender is the night.

(Never in the daylight…)

sábado, 10 de marzo de 2007

Cuento de invierno 2/2

Entonces, ¿qué camino tomar? La pregunta que se hacía Alicia expresaba la gran cuestión del ser, del ser algo, del ser en sí, tal vez, y el enigma se reflejaba entre la lógica y el azar en un juego de espejos infinito.

Frente a existir, vivir es un verbo transitivo: vivimos algo. Lo vivimos. El problema entonces se desplaza, como siempre, al qué: qué vivimos, qué bebemos (yo prefiero ron Brugal, siempre, pero ¿qué va antes, mi preferencia o la existencia del ron Brugal? ¿Qué preferiría si este no existiera? ¿Preferiría Brugal en vacío, en abstracto?), qué soñamos, qué amamos. El qué es una x, pero no sabemos si esa x está en la ecuación de nuestra vida –como un código genético- esperando despejarse o simplemente reside en el entorno, en las circunstancias, y partiendo de esa x impuesta vivimos construyendo una eterna ecuación que nunca se resuelve.

Antes, el pensamiento lineal, cartesiano, racional (también, cristiano), nos expuso a pensar que nuestra vida era un lógico desarrollo: de abajo hacia arriba, de izquierda a derecha. De menos, a más. Ahora, el Árbol de Porfirio ha sido sustituido por el rizoma de Gilles Deleuze. La x del qué se va moviendo por la ecuación en direcciones imprevisibles: de un lado hacia el otro, de arriba abajo, del centro a la periferia. Creíamos ser ramas del árbol del sentido, pero tal vez no seamos más que fractales recursivos que se desvanecen en el aire.

En París confluyen las galerías del laberinto. Hace tres años. Un autobús nocturno parte de Georges Poumpidou hacia el Boulevard Jourdan. En él, un kamosisa, y un norteamericano se preguntan una dirección, y sin saberlo, se interrogan acerca del fractal que divide y gestiona nuestros destinos. ¿Está, en ese momento fugaz, el destino fuera del autobús, o está dentro, caminando sobre la cuerda floja –flojísima- de un encuentro azaroso, de una conversación imprevista? Se dan el número de teléfono y vuelven a quedar al día siguiente, antes de que el kamosisa vuelva a Madrid a seguir con su itinerario itinerante (e iterativo, e intermitente, e interminable). Y sin que pasase nada, pasó mucho. Y pasaron los años.

París es la ciudad en la que nunca sabemos si las elecciones nos escogen a nosotros o nosotros a ellas. En sus calles, Cortázar juega a encontrarse con la Maga, los personajes de Rohmer viven almacenando casualidades y la eterna señorita del Herald Tribune de Goddard recorre sus plazas a bout de souffle, enamorando a propios y extraños. También en París, ¿seguro que fue en París?, se pregunta Fabio, se encontraron dos maricas muertas, congeladas vivas. París, por eso, siempre ha sido una fiesta.

Y allí, el kamosisa, breve ontología del fracaso, de la imposibilidad de conjugar el pretérito con el presente, la posibilidad con la probabilidad, halló otra dirección que nunca se recorrió y que vuelve a través de los años, vía carta, vía llamada desde el otro lado del Atlático (que es el mismo que éste, porque nos une la OTAN, y el americano lo sabe).

Porque yo sueño, yo no existo, parce-que je rêve, je ne suis pas, decía Leolo. El sueño engulle la existencia: la anula. Cuando soñamos, no existimos, porque la existencia del sueño es infinitamente más fuerte.

Y en él, en el sueño parisino que amenaza con solidificarse en realidad, se cortocircuitan los destinos. Por eso, por vivir la amenaza de ese cortocircuito, merece la pena la pettit mort de la vida.

Fin del cuento de varios inviernos. Ahora, a esperar al cuento del verano.