martes, 4 de mayo de 2010
¿Qué cumbre borrascosa es más gay?
Con todo, yo creo que la primera, es decir, la original, de Kate Bush. Pero me encanta la de Angra también...
lunes, 19 de abril de 2010
Extremidades
Resulta que uno podría reducirse a un centro, con ramificaciones que te van expandiendo hacia afuera.
Desde la cabeza de alfiler donde se deciden las cosas, donde se siente, donde se piensa y se distinguen los colores y los olores, parte una señal que hace mover un dedo, una mano, un pie. Un párpado. En unas pocas células custodiadas por sangre, vísceras, glándulas, hueso, piel, pelo, se juega esta partida: si te empalmas o te duermes, si caminas o te rindes. Si sientes frío o calor, placer o dolor. Pero entonces, al estirar la mano, uno se da cuenta de que apresa el vacío. Y cierras el puño. Pero no hay nada dentro. Y da igual lo que decidan, sientan o reflexionen.
Resulta que las cosas más importantes quedan fuera de su competencia.
Desde la cabeza de alfiler donde se deciden las cosas, donde se siente, donde se piensa y se distinguen los colores y los olores, parte una señal que hace mover un dedo, una mano, un pie. Un párpado. En unas pocas células custodiadas por sangre, vísceras, glándulas, hueso, piel, pelo, se juega esta partida: si te empalmas o te duermes, si caminas o te rindes. Si sientes frío o calor, placer o dolor. Pero entonces, al estirar la mano, uno se da cuenta de que apresa el vacío. Y cierras el puño. Pero no hay nada dentro. Y da igual lo que decidan, sientan o reflexionen.
Resulta que las cosas más importantes quedan fuera de su competencia.
martes, 6 de abril de 2010
Fin de viaggio
Ya he vuelto. Días agotadores, espectaculares, luminosos. Me atardeció en Pompeya, imponente y gloriosa bajo la silueta del Vesuvio. Caminando por sus calles, en las que no faltaban lupanares, teatros y termas, pintadas electorales en las casas de los candidatos y mercados y plazas de encuentro, comprobé qué parecidos somos los homo sapiens de ahora y los de hace 2.000 años, al menos en el Mediterráneo.
Al día siguiente, tomé un ferry rápido hacia Capri, una isla pequeña y llena de magia y encanto (y limones), en la que vivió el emperador Tiberio y que pusieron de moda escritores románticos alemanes e ingleses en el siglo XIX. Un funicular sube desde el puerto grande al centro del pueblo, atestado de bullicio, trattorias y terrazas donde tomar un San Pellegrino o un capuccino. Una tienda de Prada se proyecta en un balcón acantilado desde el que se ve el mar. Los farallones, escarpados islotes, flanquean la isla, como guerreros guardianes de sus encantos. La grotta azzurra (la gruta azul) te hace pensar que el centro de la tierra debe ser algo parecido a un tesoro, con colores nunca vistos antes. Malaparte la describió como la "isla del amor" y, aunque he ido solo, el tiempo parece detenerse. Y el sol luce en lo alto, fuerte, inmenso, implacable.
Las islas tienen todas, pero esta más, algo de utopía realizada. Son una especie de mundo perfecto e inalcanzable, un paraíso metafórico, protegido por leguas de agua y alejado del caos continental. Islas fueron la propia Utopía de Tomás Moro, la Nueva Atlántida de Francis Bacon, la Ciudad del Sol de Tommaso Campanela. En la actualidad, importantes islas son profundamente desgraciadas, como Cuba o Haití, pero desde el punto de vista estrictamente filosófico, la idea de isla ha estado siempre vinculado a la noción de felicidad y la armonía.
Cambiando de tema, estos días me han bastado para reivindicar mi condición de turista. Sí, hago turismo, puro y duro: voy a los sitios típicos de comer -y si me canso, a un McDonalds-, entro en los museos que hay que ver (y luego visito la tienda adjunta) y, si se tercia, me subo a un autobús rojo con grandes letras amarillas que cuesta 20 euros y recorre la ciudad. Voy a hoteles a ser posible de cadenas conocidas (mi favorita es NH, funcional y aséptica), compro souvenirs en tiendas horteras, me tomo cafés en las plazas principales y, si me canso, visito establecimientos de ropa barata que también hay en Madrid o en cualquier otra ciudad.
El turismo es una forma sencilla y universal de viajar, y no hay por qué avergonzarse de ello. Gracias a paquetes combinados, rutas preparadas y demás comodidades los mortales y comunes hemos podido conocer sitios impesnables antes. Parece mentira que algunos, a estas alturas, traten de explicarse a sí mismos como "viajeros" o algo parecido, intentado añadir un matiz romántico y único a su experiencia, como si pudieran hacer como Robert Byron o Bruce Chatwin, por citar a dos viajeros clásicos, que empleaban meses en recorrer un país, viviendo entre sus gentes y acomodándose en pensiones o casas particulares. ¿Quién, hoy día, puede hacer "viajes" de este tipo?
Yo no tengo masofobia. La masa me informa, me moldea, me ofrece oportunidades de ligar y le da un sentido coherente a lo que hago. Nápoles es un ejemplo de masa viviente y multicolor, llena de vida, imperfecciones y sorpresas.
Concluido el viaje, dejo un vídeo de Capri, para dar algo de envidia. Saluti amici.
http://www.youtube.com/watch?v=ReCkrpsSMF0
Al día siguiente, tomé un ferry rápido hacia Capri, una isla pequeña y llena de magia y encanto (y limones), en la que vivió el emperador Tiberio y que pusieron de moda escritores románticos alemanes e ingleses en el siglo XIX. Un funicular sube desde el puerto grande al centro del pueblo, atestado de bullicio, trattorias y terrazas donde tomar un San Pellegrino o un capuccino. Una tienda de Prada se proyecta en un balcón acantilado desde el que se ve el mar. Los farallones, escarpados islotes, flanquean la isla, como guerreros guardianes de sus encantos. La grotta azzurra (la gruta azul) te hace pensar que el centro de la tierra debe ser algo parecido a un tesoro, con colores nunca vistos antes. Malaparte la describió como la "isla del amor" y, aunque he ido solo, el tiempo parece detenerse. Y el sol luce en lo alto, fuerte, inmenso, implacable.
Las islas tienen todas, pero esta más, algo de utopía realizada. Son una especie de mundo perfecto e inalcanzable, un paraíso metafórico, protegido por leguas de agua y alejado del caos continental. Islas fueron la propia Utopía de Tomás Moro, la Nueva Atlántida de Francis Bacon, la Ciudad del Sol de Tommaso Campanela. En la actualidad, importantes islas son profundamente desgraciadas, como Cuba o Haití, pero desde el punto de vista estrictamente filosófico, la idea de isla ha estado siempre vinculado a la noción de felicidad y la armonía.
Cambiando de tema, estos días me han bastado para reivindicar mi condición de turista. Sí, hago turismo, puro y duro: voy a los sitios típicos de comer -y si me canso, a un McDonalds-, entro en los museos que hay que ver (y luego visito la tienda adjunta) y, si se tercia, me subo a un autobús rojo con grandes letras amarillas que cuesta 20 euros y recorre la ciudad. Voy a hoteles a ser posible de cadenas conocidas (mi favorita es NH, funcional y aséptica), compro souvenirs en tiendas horteras, me tomo cafés en las plazas principales y, si me canso, visito establecimientos de ropa barata que también hay en Madrid o en cualquier otra ciudad.
El turismo es una forma sencilla y universal de viajar, y no hay por qué avergonzarse de ello. Gracias a paquetes combinados, rutas preparadas y demás comodidades los mortales y comunes hemos podido conocer sitios impesnables antes. Parece mentira que algunos, a estas alturas, traten de explicarse a sí mismos como "viajeros" o algo parecido, intentado añadir un matiz romántico y único a su experiencia, como si pudieran hacer como Robert Byron o Bruce Chatwin, por citar a dos viajeros clásicos, que empleaban meses en recorrer un país, viviendo entre sus gentes y acomodándose en pensiones o casas particulares. ¿Quién, hoy día, puede hacer "viajes" de este tipo?
Yo no tengo masofobia. La masa me informa, me moldea, me ofrece oportunidades de ligar y le da un sentido coherente a lo que hago. Nápoles es un ejemplo de masa viviente y multicolor, llena de vida, imperfecciones y sorpresas.
Concluido el viaje, dejo un vídeo de Capri, para dar algo de envidia. Saluti amici.
http://www.youtube.com/watch?v=ReCkrpsSMF0
jueves, 1 de abril de 2010
Napoli, celo e inferno
Si hay una ciudad donde perderse, borrarse, desaparecer por unos días, esa es, sin duda, Nápoles (Nápoles y sus alrededores vesuvianos y amalfitanos, se comprende). Llevo dos días perdido por aquí y aún no sé si amo u odio a esta ciudad: tal vez la ame y odie al mismo tiempo. Ayer anduve por el centro y cené en el café literario en la hermosísima Piazza Bellini. Hoy he terminado literalmente molido, me duele la espalda y he vuelto antes al hotel. Por la mañana, visité el Castel Nuovo, trapezoidal y de origen aragonés, donde me sorprendió la Sala de los Barones, precisamente porque en ella aún se celebran los plenos del Ayuntamiento y me recordó a los que se veían en Las manos sobre la ciudad, de Franceso Rosi, sobre la especulación que sufría -y sufre- Nápoles. Luego estuve en el Palazzo Reale, borbónico, impresionante (al nivel del de Madrid), desde el que pude ver la imponente piazza del Plebiscito, donde me tomé un capuccino previamente en la cafetería Gambrinus (la original, de hace siglo y medio), donde D'Anunzio escribió no sé qué obra fascista. Después de comerme la mejor pizza que he probado hasta la fecha por la Vía Toledo -una esponjosa "seis sabores"-, me fui a que me diera un síndrome de Stendhal en el Museo Arqueológico. Además de la colección Farnese de esculturas clásicas, abruma la cantidad de frescos de casas romanas pompeianas, y el Salón de Meridiana (creo que se llama así) marea por su tamaño, altura y sus techos estucados con motivos pompeianos y una escultura de Atlas sosteniendo al mundo, en el centro. Terminé un poco harto del Museo porque había una excursión de colegiales franceses, guiados por su profe gay de historia del arte, que infestaban todo con sus gritos adolescentes.
El camino siguió por la Vía Duomo, donde visitié el Duomo, cuya Cripta de San Gennaro contiene los huesos de éste en una vasija (estas estampas de catolicismo cuasi necrofílico suelen provocarme nerviosos ataques de risa, ya me pasó en el Monte Athos con los miles de restos de Santos esparcidos por los monasterios como si fuese una película gore). Y al final, terminé en Via Tribunali, que es la típica callejuela estrechísima de Nápoles, con los artesanos, trattorias, verduleros y vendedores de todo tipo de cosas siendo esquivados por fugacísimas vespinos. Nápoles es enorme, ruidosa, sucia, atestada de belleza arquitectónica y vida en la calle. Y es una ciudad pobre, deteriorada. Más pobre que la más pobre del Sur de España. La zona donde su ubica mi hotel es una especie de Palma-Palmilla versión macro. En Nápoles, tristemente, no funciona casi nada bien. Es un ejemplo de catástrofe urbanística, social, económica y medioambiental. Eso sí, dinero haberlo haylo a juzgar por la cantidad de tiendas de ropa cara que hay en el centro. Eso me hace preguntarme, ¿dónde se va la pasta? La pasta que no tiene forma de lazo o espiral, se entiende.
Ayer no compré billete de autobús, porque no sabía como hacerlo. Casi nadie lo hace. Pero hoy, que había pagado el mío, se subieron dos revisores. Un chico no llevaba billete, y se puso chulo. ¿Cómo acabó la escena? A hostias en medio de Nápoles. Mañana, si hace bueno, iré a Pompeya.
El camino siguió por la Vía Duomo, donde visitié el Duomo, cuya Cripta de San Gennaro contiene los huesos de éste en una vasija (estas estampas de catolicismo cuasi necrofílico suelen provocarme nerviosos ataques de risa, ya me pasó en el Monte Athos con los miles de restos de Santos esparcidos por los monasterios como si fuese una película gore). Y al final, terminé en Via Tribunali, que es la típica callejuela estrechísima de Nápoles, con los artesanos, trattorias, verduleros y vendedores de todo tipo de cosas siendo esquivados por fugacísimas vespinos. Nápoles es enorme, ruidosa, sucia, atestada de belleza arquitectónica y vida en la calle. Y es una ciudad pobre, deteriorada. Más pobre que la más pobre del Sur de España. La zona donde su ubica mi hotel es una especie de Palma-Palmilla versión macro. En Nápoles, tristemente, no funciona casi nada bien. Es un ejemplo de catástrofe urbanística, social, económica y medioambiental. Eso sí, dinero haberlo haylo a juzgar por la cantidad de tiendas de ropa cara que hay en el centro. Eso me hace preguntarme, ¿dónde se va la pasta? La pasta que no tiene forma de lazo o espiral, se entiende.
Ayer no compré billete de autobús, porque no sabía como hacerlo. Casi nadie lo hace. Pero hoy, que había pagado el mío, se subieron dos revisores. Un chico no llevaba billete, y se puso chulo. ¿Cómo acabó la escena? A hostias en medio de Nápoles. Mañana, si hace bueno, iré a Pompeya.
jueves, 18 de marzo de 2010
Vuelven Modern Talking
Retorno a estas líneas ciberespaciales para dar cuenta de un fenómeno planetario, como diría mi correligionaria pajinesca. Sí, porque estoy convencido de que algo tuvo que ver España, y más en concreto, la Comunidad de Madrid y Esperanza Aguirre, con la desaparición de uno de los mejores grupos de la historia musical del mundo, esos inefables y nunca bien ponderados Modern Talking, que nos hicieron enloquecer a muchos retrospectivamente con su glitter ochentero, con su chumb-chumb electro-meloso, sus ropajes a medio camino entre la Corte de María Antonieta y una comuna hippy californiana, su melenudo cantante moreno con su enigmática NORA al cuello, sus hits de remember y sus pegadizos haikus (your my heart, your my soul, I keep on shinning everywhere you go)que introdujeron al euro-trash en la poesía conceptual.
Mi teoría es la siguiente. Este grupo desapareció a mediados de los noventa, bajo el Gobierno de Aznar. En ese momento, un tipo llamado José Güemes entraba como asesor en el Ministerio de Economía. A partir de ahí, iría de cargo en cargo hasta ser consejero de la Comunidad de Madrid, con tita Espe. Pues bien, la hipótesis que siempre he manejado es que en realidad Güemes es el moreno de los Modern Talking, que huyó de la música después de una depresión al descubrir que NORA no era una mujer, sino una travesti tibetana emigrada a Stuttgart por el conflicto geopolítico con China. Eso obligó al moreno cantante a aceptar su siempre latente homosexualidad y a hacer penitencia, para lo cual, aprovechando un laboratorio experimental eugenético creado por los nazis que sobrevivió clandestino en los bajos fondos de Renania, se operó y se convirtió en Güemes y huyó a Madrid.
Se cuenta que en la Consejería, y en todos los sitios por los que pasó, dejó un reguero de lapsus que por fin lo habrían delatado. "Consejero, tenemos un acto en Móstoles", "¿A qué Nora es?". "Te llama la Presidenta". "Sí, mi Cheri Cheri Lady, digo mi Presidenta, claro, sus órdenes, Atlantis is calling"...
Ahora Güemes deja la política y la Consejería de Sanidad, después de haber entregado la sanidad pública madrileña a Florentino Pérez para que pueda seguir ganando dinero a costa de nuestras enfermedades y fichando a deliciosos efebos como Ronaldo. Creo que este abandono de Güemes coincidírá con una vuelta a los escenarios de este magnífico dúo que identifican a Europa con la distinción y el buen gusto, versión germana de las Baccara y Romina y Albano, y que previsiblemente comenzará su tour por el Gris para seguir por el Morocco y terminar en Passion, en pleno Torremolinos. A disfrutar...

Mi teoría es la siguiente. Este grupo desapareció a mediados de los noventa, bajo el Gobierno de Aznar. En ese momento, un tipo llamado José Güemes entraba como asesor en el Ministerio de Economía. A partir de ahí, iría de cargo en cargo hasta ser consejero de la Comunidad de Madrid, con tita Espe. Pues bien, la hipótesis que siempre he manejado es que en realidad Güemes es el moreno de los Modern Talking, que huyó de la música después de una depresión al descubrir que NORA no era una mujer, sino una travesti tibetana emigrada a Stuttgart por el conflicto geopolítico con China. Eso obligó al moreno cantante a aceptar su siempre latente homosexualidad y a hacer penitencia, para lo cual, aprovechando un laboratorio experimental eugenético creado por los nazis que sobrevivió clandestino en los bajos fondos de Renania, se operó y se convirtió en Güemes y huyó a Madrid.
Se cuenta que en la Consejería, y en todos los sitios por los que pasó, dejó un reguero de lapsus que por fin lo habrían delatado. "Consejero, tenemos un acto en Móstoles", "¿A qué Nora es?". "Te llama la Presidenta". "Sí, mi Cheri Cheri Lady, digo mi Presidenta, claro, sus órdenes, Atlantis is calling"...
Ahora Güemes deja la política y la Consejería de Sanidad, después de haber entregado la sanidad pública madrileña a Florentino Pérez para que pueda seguir ganando dinero a costa de nuestras enfermedades y fichando a deliciosos efebos como Ronaldo. Creo que este abandono de Güemes coincidírá con una vuelta a los escenarios de este magnífico dúo que identifican a Europa con la distinción y el buen gusto, versión germana de las Baccara y Romina y Albano, y que previsiblemente comenzará su tour por el Gris para seguir por el Morocco y terminar en Passion, en pleno Torremolinos. A disfrutar...

lunes, 15 de febrero de 2010
Otros tiempos
Antes de que el bottox y la cirugía hicieran estragos en su rostro, deteniendo el paso del tiempo pero congelando su expresividad en un momificado gesto de edad indefinida entre los 50 y los 120 años (cada vez hay más mujeres cuya década de nacimiento empieza a ser indiscernible debido a estos apaños químicos), Shirley Bassey pudo ser la cantante más coqueta, y tal vez más impactante de Europa. Basta verla (y oírla) en esta actuación en el Albert Music Hall.
Claro que eran tiempos dorados para la imaginación teñida de charm, décadas atravesadas por el glamour sobrevenido después de la Guerra Fría, cuando la Europa reconstruida de la Post-guerra se entretenía creando a sus propios demonios y superhéroes: irónicos espías, agentes dobles distantes o sarcásticos, asesinos con palco en la Scala de Milán, infiltrados del MI6, la CIA, la KGB o la STASI que amaban en varios idiomas, asaltaban, disparaban, huían o perseguían y nos salvaban a todos del peligro comunista, y eso sí, sin despeinarse, con un gin-tonic en la mano y vistiendo un impoluto traje gris marengo de cuellos almidonados. Como dice mi amigo X sobre el James Bond que encarnara Sean Connery, ya no quedan hombres con pistola y pitillera de plata, y que además conduzcan un Aston Martin.
En ese imaginario cinematográfico y literario cuya cartografía oscila entre la Côte d'Azur y más allá del telón de acero, entre Londres y Venecia, plagado de Ripleys, Leamas y Bonds, donde no faltan envenenamientos en copas de Veuve Clicquot y besos apasionados en el Orient Express, donde abundan artefactos mortíferos camuflados en maletines o elegantes zapatos de charol, y cuyas historias no resisten la tentación de incluir algún un accidentado paseo en yate, la voz de Bassey suena tan apropiada como una brisa en Santorini.
Claro que eran tiempos dorados para la imaginación teñida de charm, décadas atravesadas por el glamour sobrevenido después de la Guerra Fría, cuando la Europa reconstruida de la Post-guerra se entretenía creando a sus propios demonios y superhéroes: irónicos espías, agentes dobles distantes o sarcásticos, asesinos con palco en la Scala de Milán, infiltrados del MI6, la CIA, la KGB o la STASI que amaban en varios idiomas, asaltaban, disparaban, huían o perseguían y nos salvaban a todos del peligro comunista, y eso sí, sin despeinarse, con un gin-tonic en la mano y vistiendo un impoluto traje gris marengo de cuellos almidonados. Como dice mi amigo X sobre el James Bond que encarnara Sean Connery, ya no quedan hombres con pistola y pitillera de plata, y que además conduzcan un Aston Martin.
En ese imaginario cinematográfico y literario cuya cartografía oscila entre la Côte d'Azur y más allá del telón de acero, entre Londres y Venecia, plagado de Ripleys, Leamas y Bonds, donde no faltan envenenamientos en copas de Veuve Clicquot y besos apasionados en el Orient Express, donde abundan artefactos mortíferos camuflados en maletines o elegantes zapatos de charol, y cuyas historias no resisten la tentación de incluir algún un accidentado paseo en yate, la voz de Bassey suena tan apropiada como una brisa en Santorini.
lunes, 8 de febrero de 2010
Invicto
Invictus
Más allá de la noche que me envuelve,
negra como un pozo abominable,
yo agradezco al dios que fuere
mi alma invencible.
Caído en las garras de las circunstancias,
ni he gemido ni he gritado.
Bajo los golpes del azar
mi cabeza está ensangrentada, pero no me he postrado.
Más allá de este lugar de cólera y de lágrimas
sólo se vislumbra el horror de la sombra.
Pero incluso la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.
Lo que importa no es cuán estrecha es la puerta,
ni cuántos con cuántos castigos nos aguarde.
Yo soy el patrón de mi destino,
Yo soy el capitán de mi alma.
Más allá de la noche que me envuelve,
negra como un pozo abominable,
yo agradezco al dios que fuere
mi alma invencible.
Caído en las garras de las circunstancias,
ni he gemido ni he gritado.
Bajo los golpes del azar
mi cabeza está ensangrentada, pero no me he postrado.
Más allá de este lugar de cólera y de lágrimas
sólo se vislumbra el horror de la sombra.
Pero incluso la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.
Lo que importa no es cuán estrecha es la puerta,
ni cuántos con cuántos castigos nos aguarde.
Yo soy el patrón de mi destino,
Yo soy el capitán de mi alma.
William Ernst Henley (1849-1903)
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