Era la 1 de la madrugada de un sábado de primavera de 1995. Estábamos en la puerta del Bobby Logan, y yo tenía 16 años. Frente a los forzudos porteros, se había formado un enorme barullo de chicos de mi edad o mayores que querían entrar en la disco más de moda en Málaga desde finales de los 80. M, con su timidez adolescente, su delicioso rostro empollón de ángulos simétricos y su camisa hiperbólica que resbosaba por encima de los vaqueros, era recriminado por J., pelo largo, aspecto macarra, ojos grandes y azules.
- M. a ver si te comes a una tía de una puta vez.
- Vete a tomar por culo. Ya me he comido muchas.
- Eso no te lo crees ni tú.
- ¿Alguien me da un cigarro? -intervine para romper el haz de testosterona hiperconcentrada que distanciaba a mis amigos como se repelen los polos de un imán de la misma carga.
- Mira, ahí viene L. Será pijo. -tercia M.
- No más pijo que tú -contraataca J.
- Tú qué sabrás, gilipollas.
- Qué mierda, ¿nadie tiene algo que no sea Fortuna?
El Fortuna me producía un leve picor en la garganta y prefería el Chesterfield, que además era más masculino. El Bobby Logan ya estaba lleno cuando entramos. Buscamos nuestro sitio en la pista, cerca de tres tías buenas. Los láser descomponían los colores de nuestras camisas y ajedrezaban el suelo con flashes fluorescentes. Miré a mi pandilla. ¡Qué extraños, esquizos y bipolares éramos! De día escuchábamos Nirvana y llevábamos camisetas negras, con fetos sumergidos en piscinas, con rayos que partían el cielo, o con cementerios. Por la noche nos poníamos camisas pijas de RL y nos lanzábamos a la pista de baile. De día éramos oscuros, y por la noche, luminosos. De las tres tías buenas, conocía a una, que iba a mi instituto. Era rubia y de ojos azules, vestía con una sobriedad nórdica, por lo que pensé que sería medio guiri, y tenía un precioso cuerpo alto y desarrollado.
Ahora me parece mentira que, a partir de aquella noche, P. y yo estuviéramos dos años juntos. Casi mi récord sentimental. Y cuando se está discutiendo, en el Ayuntamiento de Málaga, qué hacer con el Bobby Logan, que lleva años cerrado y decrépito, abandonado y tapiado, he pensado en lo que significan algunos lugares en nuestra biografía; qué peso exacto tienen en nuestros recuerdos. Al leer la noticia me ha venido a la mente que años después, cada vez que he pasado por delante del Boby Logan, he imaginado que aquella noche continuaba dentro, que en la pista seguíamos estando los mismos, que yo besaba a P. y que J. y M. se disputaban el territorio que quedaba. Y que la música seguía y seguía y seguía... con CoRo cantando Because the night, con Ace of Base y Pet Shop Boys, y que aquella madrugada adolescente de 1995 no terminaba nunca y continuará en algún sitio -de nuestra alma- aunque echen abajo la discoteca.
miércoles, 23 de junio de 2010
lunes, 21 de junio de 2010
Lunes de papel, y otras reflexiones del viento
Retorno a este blog, como quien vuelve a un lunes. Precisamente, porque es lunes. Y los lunes, más que los miércoles de Carnaval, tienen algo de ceniza. De tierra quemada. El fin de semana, como siempre, minitó la promesa de placeres novedosos. Extraigo poco jugoso de ellos, más allá de lo que objetivamente puedo esperar. Nos aproximamos al viernes tasando el weekend con un exceso de optimismo que el sábado a mediodía ya es realismo; el sábado por la noche, "realismo sucio"; y el domingo, un agrisado pesimismo. Es un círculo mecánico, rutinario. El kamosisa está un poco harto de la evidencia que te impone el tercer Tanquerai con tónica: esto es lo que hay, my friend. No pidas cóckteles de fantasía en la barra libre del fin de semana. Y a pesar de ello, resulta agradable encallar con una cerveza en los arrecifes de Gran Vía, la Plaza de las Comendadoras y la Calle Fuencarral. Tiene algo de suave cataclismo.
Reflexión anotada mentalmente en el autobús. Probablemente, ya pasó el tiempo de los amores absolutos, esas pasiones totalizantes capaces de atenazar la integridad de nuestro espíritu y envolverlo trágicamente hasta diluir nuestra individualidad en la sombra del "otro". Era la pulsión autodestructiva de Ana Karenina, abocándose hacia su propio abismo al depositar fatalmente su destino en manos de Vronsky. Era la mortal locura de la terrateniente Cati por el gitano Heatchcliff, de Cumbres Borrascosas. Era la autoesclavitud elegida de Arianne hacia Solal, en Bella del Señor. Hay tantos ejemplos que parece que el Amor (con mayúsculas) fuese un invento de la literatura, o viceversa. Ya no hay espacio -ni tiempo- para los sentimientos omniabarcantes del siglo XIX. Pero el amor ni se crea ni se destruye, se transforma como la energía y ahora es una cartera de inversión diversificada en multitud de títulos. Con unos ganas algo, y con otros pierdes otro tanto. Es cuestión de márgenes de beneficio. No lo fías todo a un solo valor. Demasiado riesgo. Se trata de diferir daños, amortiguar posibles pérdidas y encontrar una ratio de retorno aceptable. Somos más parecidos a Patrick Bateman, el protagonista de American Psycho, de lo que nos creemos.
En la oficina. La banda sonora está formada por la "f" sorda del Aire Acondicionado, alguna llamada de teléfono y la esporádica y limpia cópula de las fotocopiadoras en el pasillo. El café y las tostadas, el apesadumbrado editorial de El País, las charlas sobre "La Roja" me abren el acceso a la conciencia de mí mismo. Aquí y ahora. Hic et nunc. Recupérate. Produce. Envía. Recibe. Lee. Escribe. Informes y más informes en la mesa, por leer. La realidad se anilla en un dossier. Siempre me gustó aquella canción de Radio Futura, "soy un hombre de papel". Y también un juguete del viento. Lo dicho, un lunes marrón. O un marrón de lunes.
Reflexión anotada mentalmente en el autobús. Probablemente, ya pasó el tiempo de los amores absolutos, esas pasiones totalizantes capaces de atenazar la integridad de nuestro espíritu y envolverlo trágicamente hasta diluir nuestra individualidad en la sombra del "otro". Era la pulsión autodestructiva de Ana Karenina, abocándose hacia su propio abismo al depositar fatalmente su destino en manos de Vronsky. Era la mortal locura de la terrateniente Cati por el gitano Heatchcliff, de Cumbres Borrascosas. Era la autoesclavitud elegida de Arianne hacia Solal, en Bella del Señor. Hay tantos ejemplos que parece que el Amor (con mayúsculas) fuese un invento de la literatura, o viceversa. Ya no hay espacio -ni tiempo- para los sentimientos omniabarcantes del siglo XIX. Pero el amor ni se crea ni se destruye, se transforma como la energía y ahora es una cartera de inversión diversificada en multitud de títulos. Con unos ganas algo, y con otros pierdes otro tanto. Es cuestión de márgenes de beneficio. No lo fías todo a un solo valor. Demasiado riesgo. Se trata de diferir daños, amortiguar posibles pérdidas y encontrar una ratio de retorno aceptable. Somos más parecidos a Patrick Bateman, el protagonista de American Psycho, de lo que nos creemos.
En la oficina. La banda sonora está formada por la "f" sorda del Aire Acondicionado, alguna llamada de teléfono y la esporádica y limpia cópula de las fotocopiadoras en el pasillo. El café y las tostadas, el apesadumbrado editorial de El País, las charlas sobre "La Roja" me abren el acceso a la conciencia de mí mismo. Aquí y ahora. Hic et nunc. Recupérate. Produce. Envía. Recibe. Lee. Escribe. Informes y más informes en la mesa, por leer. La realidad se anilla en un dossier. Siempre me gustó aquella canción de Radio Futura, "soy un hombre de papel". Y también un juguete del viento. Lo dicho, un lunes marrón. O un marrón de lunes.
martes, 4 de mayo de 2010
¿Qué cumbre borrascosa es más gay?
Con todo, yo creo que la primera, es decir, la original, de Kate Bush. Pero me encanta la de Angra también...
lunes, 19 de abril de 2010
Extremidades
Resulta que uno podría reducirse a un centro, con ramificaciones que te van expandiendo hacia afuera.
Desde la cabeza de alfiler donde se deciden las cosas, donde se siente, donde se piensa y se distinguen los colores y los olores, parte una señal que hace mover un dedo, una mano, un pie. Un párpado. En unas pocas células custodiadas por sangre, vísceras, glándulas, hueso, piel, pelo, se juega esta partida: si te empalmas o te duermes, si caminas o te rindes. Si sientes frío o calor, placer o dolor. Pero entonces, al estirar la mano, uno se da cuenta de que apresa el vacío. Y cierras el puño. Pero no hay nada dentro. Y da igual lo que decidan, sientan o reflexionen.
Resulta que las cosas más importantes quedan fuera de su competencia.
Desde la cabeza de alfiler donde se deciden las cosas, donde se siente, donde se piensa y se distinguen los colores y los olores, parte una señal que hace mover un dedo, una mano, un pie. Un párpado. En unas pocas células custodiadas por sangre, vísceras, glándulas, hueso, piel, pelo, se juega esta partida: si te empalmas o te duermes, si caminas o te rindes. Si sientes frío o calor, placer o dolor. Pero entonces, al estirar la mano, uno se da cuenta de que apresa el vacío. Y cierras el puño. Pero no hay nada dentro. Y da igual lo que decidan, sientan o reflexionen.
Resulta que las cosas más importantes quedan fuera de su competencia.
martes, 6 de abril de 2010
Fin de viaggio
Ya he vuelto. Días agotadores, espectaculares, luminosos. Me atardeció en Pompeya, imponente y gloriosa bajo la silueta del Vesuvio. Caminando por sus calles, en las que no faltaban lupanares, teatros y termas, pintadas electorales en las casas de los candidatos y mercados y plazas de encuentro, comprobé qué parecidos somos los homo sapiens de ahora y los de hace 2.000 años, al menos en el Mediterráneo.
Al día siguiente, tomé un ferry rápido hacia Capri, una isla pequeña y llena de magia y encanto (y limones), en la que vivió el emperador Tiberio y que pusieron de moda escritores románticos alemanes e ingleses en el siglo XIX. Un funicular sube desde el puerto grande al centro del pueblo, atestado de bullicio, trattorias y terrazas donde tomar un San Pellegrino o un capuccino. Una tienda de Prada se proyecta en un balcón acantilado desde el que se ve el mar. Los farallones, escarpados islotes, flanquean la isla, como guerreros guardianes de sus encantos. La grotta azzurra (la gruta azul) te hace pensar que el centro de la tierra debe ser algo parecido a un tesoro, con colores nunca vistos antes. Malaparte la describió como la "isla del amor" y, aunque he ido solo, el tiempo parece detenerse. Y el sol luce en lo alto, fuerte, inmenso, implacable.
Las islas tienen todas, pero esta más, algo de utopía realizada. Son una especie de mundo perfecto e inalcanzable, un paraíso metafórico, protegido por leguas de agua y alejado del caos continental. Islas fueron la propia Utopía de Tomás Moro, la Nueva Atlántida de Francis Bacon, la Ciudad del Sol de Tommaso Campanela. En la actualidad, importantes islas son profundamente desgraciadas, como Cuba o Haití, pero desde el punto de vista estrictamente filosófico, la idea de isla ha estado siempre vinculado a la noción de felicidad y la armonía.
Cambiando de tema, estos días me han bastado para reivindicar mi condición de turista. Sí, hago turismo, puro y duro: voy a los sitios típicos de comer -y si me canso, a un McDonalds-, entro en los museos que hay que ver (y luego visito la tienda adjunta) y, si se tercia, me subo a un autobús rojo con grandes letras amarillas que cuesta 20 euros y recorre la ciudad. Voy a hoteles a ser posible de cadenas conocidas (mi favorita es NH, funcional y aséptica), compro souvenirs en tiendas horteras, me tomo cafés en las plazas principales y, si me canso, visito establecimientos de ropa barata que también hay en Madrid o en cualquier otra ciudad.
El turismo es una forma sencilla y universal de viajar, y no hay por qué avergonzarse de ello. Gracias a paquetes combinados, rutas preparadas y demás comodidades los mortales y comunes hemos podido conocer sitios impesnables antes. Parece mentira que algunos, a estas alturas, traten de explicarse a sí mismos como "viajeros" o algo parecido, intentado añadir un matiz romántico y único a su experiencia, como si pudieran hacer como Robert Byron o Bruce Chatwin, por citar a dos viajeros clásicos, que empleaban meses en recorrer un país, viviendo entre sus gentes y acomodándose en pensiones o casas particulares. ¿Quién, hoy día, puede hacer "viajes" de este tipo?
Yo no tengo masofobia. La masa me informa, me moldea, me ofrece oportunidades de ligar y le da un sentido coherente a lo que hago. Nápoles es un ejemplo de masa viviente y multicolor, llena de vida, imperfecciones y sorpresas.
Concluido el viaje, dejo un vídeo de Capri, para dar algo de envidia. Saluti amici.
http://www.youtube.com/watch?v=ReCkrpsSMF0
Al día siguiente, tomé un ferry rápido hacia Capri, una isla pequeña y llena de magia y encanto (y limones), en la que vivió el emperador Tiberio y que pusieron de moda escritores románticos alemanes e ingleses en el siglo XIX. Un funicular sube desde el puerto grande al centro del pueblo, atestado de bullicio, trattorias y terrazas donde tomar un San Pellegrino o un capuccino. Una tienda de Prada se proyecta en un balcón acantilado desde el que se ve el mar. Los farallones, escarpados islotes, flanquean la isla, como guerreros guardianes de sus encantos. La grotta azzurra (la gruta azul) te hace pensar que el centro de la tierra debe ser algo parecido a un tesoro, con colores nunca vistos antes. Malaparte la describió como la "isla del amor" y, aunque he ido solo, el tiempo parece detenerse. Y el sol luce en lo alto, fuerte, inmenso, implacable.
Las islas tienen todas, pero esta más, algo de utopía realizada. Son una especie de mundo perfecto e inalcanzable, un paraíso metafórico, protegido por leguas de agua y alejado del caos continental. Islas fueron la propia Utopía de Tomás Moro, la Nueva Atlántida de Francis Bacon, la Ciudad del Sol de Tommaso Campanela. En la actualidad, importantes islas son profundamente desgraciadas, como Cuba o Haití, pero desde el punto de vista estrictamente filosófico, la idea de isla ha estado siempre vinculado a la noción de felicidad y la armonía.
Cambiando de tema, estos días me han bastado para reivindicar mi condición de turista. Sí, hago turismo, puro y duro: voy a los sitios típicos de comer -y si me canso, a un McDonalds-, entro en los museos que hay que ver (y luego visito la tienda adjunta) y, si se tercia, me subo a un autobús rojo con grandes letras amarillas que cuesta 20 euros y recorre la ciudad. Voy a hoteles a ser posible de cadenas conocidas (mi favorita es NH, funcional y aséptica), compro souvenirs en tiendas horteras, me tomo cafés en las plazas principales y, si me canso, visito establecimientos de ropa barata que también hay en Madrid o en cualquier otra ciudad.
El turismo es una forma sencilla y universal de viajar, y no hay por qué avergonzarse de ello. Gracias a paquetes combinados, rutas preparadas y demás comodidades los mortales y comunes hemos podido conocer sitios impesnables antes. Parece mentira que algunos, a estas alturas, traten de explicarse a sí mismos como "viajeros" o algo parecido, intentado añadir un matiz romántico y único a su experiencia, como si pudieran hacer como Robert Byron o Bruce Chatwin, por citar a dos viajeros clásicos, que empleaban meses en recorrer un país, viviendo entre sus gentes y acomodándose en pensiones o casas particulares. ¿Quién, hoy día, puede hacer "viajes" de este tipo?
Yo no tengo masofobia. La masa me informa, me moldea, me ofrece oportunidades de ligar y le da un sentido coherente a lo que hago. Nápoles es un ejemplo de masa viviente y multicolor, llena de vida, imperfecciones y sorpresas.
Concluido el viaje, dejo un vídeo de Capri, para dar algo de envidia. Saluti amici.
http://www.youtube.com/watch?v=ReCkrpsSMF0
jueves, 1 de abril de 2010
Napoli, celo e inferno
Si hay una ciudad donde perderse, borrarse, desaparecer por unos días, esa es, sin duda, Nápoles (Nápoles y sus alrededores vesuvianos y amalfitanos, se comprende). Llevo dos días perdido por aquí y aún no sé si amo u odio a esta ciudad: tal vez la ame y odie al mismo tiempo. Ayer anduve por el centro y cené en el café literario en la hermosísima Piazza Bellini. Hoy he terminado literalmente molido, me duele la espalda y he vuelto antes al hotel. Por la mañana, visité el Castel Nuovo, trapezoidal y de origen aragonés, donde me sorprendió la Sala de los Barones, precisamente porque en ella aún se celebran los plenos del Ayuntamiento y me recordó a los que se veían en Las manos sobre la ciudad, de Franceso Rosi, sobre la especulación que sufría -y sufre- Nápoles. Luego estuve en el Palazzo Reale, borbónico, impresionante (al nivel del de Madrid), desde el que pude ver la imponente piazza del Plebiscito, donde me tomé un capuccino previamente en la cafetería Gambrinus (la original, de hace siglo y medio), donde D'Anunzio escribió no sé qué obra fascista. Después de comerme la mejor pizza que he probado hasta la fecha por la Vía Toledo -una esponjosa "seis sabores"-, me fui a que me diera un síndrome de Stendhal en el Museo Arqueológico. Además de la colección Farnese de esculturas clásicas, abruma la cantidad de frescos de casas romanas pompeianas, y el Salón de Meridiana (creo que se llama así) marea por su tamaño, altura y sus techos estucados con motivos pompeianos y una escultura de Atlas sosteniendo al mundo, en el centro. Terminé un poco harto del Museo porque había una excursión de colegiales franceses, guiados por su profe gay de historia del arte, que infestaban todo con sus gritos adolescentes.
El camino siguió por la Vía Duomo, donde visitié el Duomo, cuya Cripta de San Gennaro contiene los huesos de éste en una vasija (estas estampas de catolicismo cuasi necrofílico suelen provocarme nerviosos ataques de risa, ya me pasó en el Monte Athos con los miles de restos de Santos esparcidos por los monasterios como si fuese una película gore). Y al final, terminé en Via Tribunali, que es la típica callejuela estrechísima de Nápoles, con los artesanos, trattorias, verduleros y vendedores de todo tipo de cosas siendo esquivados por fugacísimas vespinos. Nápoles es enorme, ruidosa, sucia, atestada de belleza arquitectónica y vida en la calle. Y es una ciudad pobre, deteriorada. Más pobre que la más pobre del Sur de España. La zona donde su ubica mi hotel es una especie de Palma-Palmilla versión macro. En Nápoles, tristemente, no funciona casi nada bien. Es un ejemplo de catástrofe urbanística, social, económica y medioambiental. Eso sí, dinero haberlo haylo a juzgar por la cantidad de tiendas de ropa cara que hay en el centro. Eso me hace preguntarme, ¿dónde se va la pasta? La pasta que no tiene forma de lazo o espiral, se entiende.
Ayer no compré billete de autobús, porque no sabía como hacerlo. Casi nadie lo hace. Pero hoy, que había pagado el mío, se subieron dos revisores. Un chico no llevaba billete, y se puso chulo. ¿Cómo acabó la escena? A hostias en medio de Nápoles. Mañana, si hace bueno, iré a Pompeya.
El camino siguió por la Vía Duomo, donde visitié el Duomo, cuya Cripta de San Gennaro contiene los huesos de éste en una vasija (estas estampas de catolicismo cuasi necrofílico suelen provocarme nerviosos ataques de risa, ya me pasó en el Monte Athos con los miles de restos de Santos esparcidos por los monasterios como si fuese una película gore). Y al final, terminé en Via Tribunali, que es la típica callejuela estrechísima de Nápoles, con los artesanos, trattorias, verduleros y vendedores de todo tipo de cosas siendo esquivados por fugacísimas vespinos. Nápoles es enorme, ruidosa, sucia, atestada de belleza arquitectónica y vida en la calle. Y es una ciudad pobre, deteriorada. Más pobre que la más pobre del Sur de España. La zona donde su ubica mi hotel es una especie de Palma-Palmilla versión macro. En Nápoles, tristemente, no funciona casi nada bien. Es un ejemplo de catástrofe urbanística, social, económica y medioambiental. Eso sí, dinero haberlo haylo a juzgar por la cantidad de tiendas de ropa cara que hay en el centro. Eso me hace preguntarme, ¿dónde se va la pasta? La pasta que no tiene forma de lazo o espiral, se entiende.
Ayer no compré billete de autobús, porque no sabía como hacerlo. Casi nadie lo hace. Pero hoy, que había pagado el mío, se subieron dos revisores. Un chico no llevaba billete, y se puso chulo. ¿Cómo acabó la escena? A hostias en medio de Nápoles. Mañana, si hace bueno, iré a Pompeya.
jueves, 18 de marzo de 2010
Vuelven Modern Talking
Retorno a estas líneas ciberespaciales para dar cuenta de un fenómeno planetario, como diría mi correligionaria pajinesca. Sí, porque estoy convencido de que algo tuvo que ver España, y más en concreto, la Comunidad de Madrid y Esperanza Aguirre, con la desaparición de uno de los mejores grupos de la historia musical del mundo, esos inefables y nunca bien ponderados Modern Talking, que nos hicieron enloquecer a muchos retrospectivamente con su glitter ochentero, con su chumb-chumb electro-meloso, sus ropajes a medio camino entre la Corte de María Antonieta y una comuna hippy californiana, su melenudo cantante moreno con su enigmática NORA al cuello, sus hits de remember y sus pegadizos haikus (your my heart, your my soul, I keep on shinning everywhere you go)que introdujeron al euro-trash en la poesía conceptual.
Mi teoría es la siguiente. Este grupo desapareció a mediados de los noventa, bajo el Gobierno de Aznar. En ese momento, un tipo llamado José Güemes entraba como asesor en el Ministerio de Economía. A partir de ahí, iría de cargo en cargo hasta ser consejero de la Comunidad de Madrid, con tita Espe. Pues bien, la hipótesis que siempre he manejado es que en realidad Güemes es el moreno de los Modern Talking, que huyó de la música después de una depresión al descubrir que NORA no era una mujer, sino una travesti tibetana emigrada a Stuttgart por el conflicto geopolítico con China. Eso obligó al moreno cantante a aceptar su siempre latente homosexualidad y a hacer penitencia, para lo cual, aprovechando un laboratorio experimental eugenético creado por los nazis que sobrevivió clandestino en los bajos fondos de Renania, se operó y se convirtió en Güemes y huyó a Madrid.
Se cuenta que en la Consejería, y en todos los sitios por los que pasó, dejó un reguero de lapsus que por fin lo habrían delatado. "Consejero, tenemos un acto en Móstoles", "¿A qué Nora es?". "Te llama la Presidenta". "Sí, mi Cheri Cheri Lady, digo mi Presidenta, claro, sus órdenes, Atlantis is calling"...
Ahora Güemes deja la política y la Consejería de Sanidad, después de haber entregado la sanidad pública madrileña a Florentino Pérez para que pueda seguir ganando dinero a costa de nuestras enfermedades y fichando a deliciosos efebos como Ronaldo. Creo que este abandono de Güemes coincidírá con una vuelta a los escenarios de este magnífico dúo que identifican a Europa con la distinción y el buen gusto, versión germana de las Baccara y Romina y Albano, y que previsiblemente comenzará su tour por el Gris para seguir por el Morocco y terminar en Passion, en pleno Torremolinos. A disfrutar...

Mi teoría es la siguiente. Este grupo desapareció a mediados de los noventa, bajo el Gobierno de Aznar. En ese momento, un tipo llamado José Güemes entraba como asesor en el Ministerio de Economía. A partir de ahí, iría de cargo en cargo hasta ser consejero de la Comunidad de Madrid, con tita Espe. Pues bien, la hipótesis que siempre he manejado es que en realidad Güemes es el moreno de los Modern Talking, que huyó de la música después de una depresión al descubrir que NORA no era una mujer, sino una travesti tibetana emigrada a Stuttgart por el conflicto geopolítico con China. Eso obligó al moreno cantante a aceptar su siempre latente homosexualidad y a hacer penitencia, para lo cual, aprovechando un laboratorio experimental eugenético creado por los nazis que sobrevivió clandestino en los bajos fondos de Renania, se operó y se convirtió en Güemes y huyó a Madrid.
Se cuenta que en la Consejería, y en todos los sitios por los que pasó, dejó un reguero de lapsus que por fin lo habrían delatado. "Consejero, tenemos un acto en Móstoles", "¿A qué Nora es?". "Te llama la Presidenta". "Sí, mi Cheri Cheri Lady, digo mi Presidenta, claro, sus órdenes, Atlantis is calling"...
Ahora Güemes deja la política y la Consejería de Sanidad, después de haber entregado la sanidad pública madrileña a Florentino Pérez para que pueda seguir ganando dinero a costa de nuestras enfermedades y fichando a deliciosos efebos como Ronaldo. Creo que este abandono de Güemes coincidírá con una vuelta a los escenarios de este magnífico dúo que identifican a Europa con la distinción y el buen gusto, versión germana de las Baccara y Romina y Albano, y que previsiblemente comenzará su tour por el Gris para seguir por el Morocco y terminar en Passion, en pleno Torremolinos. A disfrutar...

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