lunes, 30 de agosto de 2010

Aventuras y desventuras de Cosmética González, la travesti caníbal. Parte II

El Stars estaba semivacío, o semilleno (según el estado de ánimo del observador). Sonaba un techo-house bastante repetitivo que le producía un mareo ligero e hipnótico. En la puerta, Cosmética oteó la concurrencia con una voracidad mal disimulada, desde la altura suplementaria de sus soberbios taconazos, calculando la calidad nutritiva del personal. Desanimada, llegó a la conclusión de que la carne que se concentraba a esas horas era magra y puede que bastante seca. Asco de vida moderna. Si algo odiaba con todas sus perlas falsas era la moda vigoréxica que empezaba a arraigar en Madrid, la imparable plaga de los gimnasios, de los bícpes y las tabletas de chocolate, de los muslos de granito y los glúteos como de caucho... en conjunto, una carne humana excesivamente dura y desprovista de esas jugosas vetas de grasa que le daban una esponjosidad vacuna. ¡Qué había sido de las hermosas y orondas barrigas de antaño, de los músculos tiernos y caídos con dignísima naturalidad! Un taxista abierto en canal a la altura del esternón, con sus cuarenta y cinco años, su decena de kilos de más, su hedor a tabaco negro saliendo a bocanadas de la tráquea alquitranada, su casquería algo mugrienta y biliosa por la ingesta excesiva de cerveza, era el manjar más apetitoso que había probado hasta la fecha. El Paco español, descuidado, grasiento, ronco y algo infecto, seguía siendo su pieza favorita (el de sabores más intensos, todo un plato ibérico). Por contra, el joven nocturno era un aderezo insustancial, un aperitivo inocuo donde acaso lo más excitante que cabía esperar era el aroma del éxtasis o la cocaína. Carne blanca.

"Esto es una mierda, pero tengo que comer algo como sea", pensó.

- Ahora vuelvo chicas. Id buscando algo de tema -se deshizo con solvencia de Vladimira y Kathrina, que no dejaban de parecerle unas paletas.
- Cos... ¿qué es tema?
- Aprendiz de Mamachicho, eres imbécil. Tema es coca. Pareces mujer.
- Sólo lo intento. Como tú.
- La diferencia es que yo lo consigo, zorra. Busca algo de tema y nos ponemos a tono. Si no esto va a ser más aburrido que una gala del Moreno.

Había localizado a un posible víctima. Llevaba unos minutos observándola desde el fondo del local, fumando un cigarrillo y blandiendo una sonrisa rebosante de curiosidad por la figura excéntrica, seductora y aristocrática de Cosmética. Tendría unos treinta y cinco años. Moreno, contundente, barba de dos días, fuerte y algo velludo. Camisa a cuadros remangada. Un tío con sabor y, adivinaba, con algo de conversación. Comérselo sería un inesperado placer.

Caminó hacia él, con las piernas muy juntas, como si estuviera escocida, pues el cañón de la Magnum, a punto de escurrírsele, estaba aplastando su testículo derecho. Menos mal que llevaba el seguro, pensó, si no, en cualquier momento podría generarse una implosión testicular terrestre que salpicaría súbitamente de sangre y semen a toda aquella fauna.

- ¿Fumando esperas a la mujer que tú quieras? -le susurró, sugerente, Cosmética.
- Fumando te espero a ti, Diosa. ¿Cómo te llamas?
- Ah, ¿no me conoces? ¿No ves la tele?
- La verdad, no mucho.
- Vaya, ¿qué te pasas, todo el día en la biblioteca, o en el gimnasio?
- No he pisado jamás un gimnasio.
- Mmmm, ¿de veras? Esto se pone interesante.
- ¿Decías?
- Que tengo ganas de comerte.
- Jaja, qué cosas tienes... Pero tú eres... una drag queen, ¿no? ¿O una mujer?
- ¡Me ofendes! Claro que soy una mujer. Con una polla seguramente más grande que la tuya, pero no por ello menos mujer. ¿Y tú? ¿Tú qué coño eres?
- Soy investigador.
- ¿En qué campo, rey?
- Células madre. Biomedicina.
- Coño. Perdón. Un explorador de lo invisible, de lo microscópico. Qué interesante me pareces... No es habitual encontrar hombres como tú por aquí. Yo puedo ser una célula madre... excepcional. ¿Quieres investigarme? Puedo curar muchas cosas.
- Bueno, no creo que sirvas para curar el cáncer de hígado, pero tendrás tu interés.
- Sirvo para curar un cáncer peor, rey. El cáncer de la soledad.

La conversación se ponía interesante por momentos. Algo se dilataba en la boca del estómago de Cosmética. Aquel hombre le abría el apetito. Era feromona pura. Casi podía degustar la piel sudada debajo de la camisa Armani. Se fijó en su paquete, que abultaba en sus ajustados vaqueros . Si aquel tipo no tenía una erección, es que era un ser portentoso, un macho alfa excepcional. Los huevos siempre se los dejaba para el final. Delicia primorosa. Deglutir una glándula blanca del tamaño de una pelota de pin-pon, blanda como el algodón, cremosa como una ostra, supurando semen en gestación, con ese sabor que mezcla lo dulce y lo salado de una forma tan sutil, era una privilegio sólo apto para monstruos post-humanos como Cosmética.

De repente pincharon su tema favorito del momento, una elegante canción house que reventaba las pistas de Madrid y toda Europa, Music sounds better with you, de Stardust.



En ese momento, elevada por la música y el alcohol, con ese macho delante de ella hacia el que apuntaba su polla y su Magnum Parabellum, se sintió fuerte, se sintió invencible, y subida a esa adrenalina que la hacía saber que estaba viva, atacó.
- ¿Quieres que te cure la soledad?
- Jaja, ¿dónde?
- Tengo un ático cerca de aquí. Lo compré con lo que gano en bolsa.
- ¿Bromeas?
- Soy broker. Y breaker en mis ratos libres.
- Una mujer... con recursos...
- Desde muy pequeña supe aquello de pez gordo se come a chico. O devoras, o te devoran. Y prefiero pertenecer al primer grupo.
- Pensaba que las travestis erais normalmente... ya sabes, prostitutas, mujeres de la noche, algo así.
- De adolescente hice las pruebara para el entrar en el Cacao-Maravillao. Me tiraron. Y me metí en ICADE. Así de claro.
- Bueno, está bien, salimos... ¿y vamos a tu ático? Por dios, estoy algo nervioso, nunca he hecho esto.
- Tranquilo amor, que no como. O sí.
En la calle, mecidos por el sopor nocturno de Madrid, y mientras el hombre se dirigía sin saberlo a su final, él le preguntó.
- Por cierto encanto, aún no me has dicho cómo te llamas. Yo me llamo Mario.
- Encantado Mario. Yo me llamo Cosmética González.
- Vaya, ¿y por qué Cosmética?
Entonces ella se mantuvo en silencio. Entornó los ojos, y solemne, recitó:
- "La mujer está en su derecho, e incluso cumple una especie de deber aplicándose a parecer mágica y sobrenatural; tiene que asombrar, encantar; ídolo, tiene que adorarse para ser adorada." Baudelaire. Elogio del maquillaje... La cosmética me hace ser yo, ser quien quiero ser. Sin pintar, no soy nadie.

Continuará.

lunes, 26 de julio de 2010

Aventuras y desventuras de Cosmética González, la travesti caníbal. Parte I

Hacía un calor implacable aquella tarde de julio de 1997. Ya era hora de ir preparándose. Dejó la "Genealogía de la moral", de Nietszche, sobre la mesita de noche, junto a a la caja de Orfidal 1.5 mm y la Magnum Parabellum automática, y empezó a maquillarse indolentemente frente al espejo-tocador de su cuarto (ese espejo de camerino, bordeado de bombillas y capitaneado por una fila de Barbies sentadas en la parte superior), mientras oía un poutpourri de música donde no faltaban Mina, Nirvana o el himno del Real Madrid. La noche se las prometía apasionante. Su amiga del alma, la travelo rusa-israelí asentada en Madrid Vladimirame'l Coño tenía una invitada de deshonor, Katrhrina Chochova, que venía directamente de Moscú, y ambas querían salir a conocer los cutre-bares de la calle Fuencarral y tal vez alguna discoteca puntera, como Xenon. Seguro que las tres juntas lo pasarían bomba. Como en otras ocasiones, Cosmética González, la travesti caníbal, haría de cicerone y le enseñaría lo más glamouroso, hortera y también sórdido de la capital. Como ella solía decir, en Madrid no había mejor arqueóloga de los bajos fondos que ella. Lástima que, aunque ninguna de ellas se había extirpado el pene, no las dejaran entrar en Strong Center, el cuarto oscuro más grande de Europa. Sería un lugar perfecto para que Cosmética pudiera perpetrar uno de sus célebres asesinatos que traían de cabeza a la policía científica. Pero su faceta de psicópata caníbal tampoco la conocían sus amigas. Era su secreto mejor guardado. Hasta la fecha, había asesinado y devorado a tres hombres y dos mujeres, tirando luego los huesos relamidos y hervidos directamente a la basura sin que se hubiese levantado ninguna sospecha.

Conforme la base de maquillaje fue creando sobre sus pómulos una capa rosácea, del grosor de un lienzo flamenco, que convenientemente ella matizó con sombras azules para emular la estética ochentera de Melanie Griffith en Doble Cuerpo, le volvió a la mente la eterna pregunta de ecos metafísicos.

- ¿Qué soy? ¿Quién soy? ¿Una mujer? ¿Un hombre? ¿Un monstruo?

Un monstruo, sin duda. Lo tenía claro. Pero un monstruo bello, ágil, sofisticado, una mutación del desarrollo humano, una andrógina peligrosa, ultradesarrollada, inteligente y letal. Alguien, en definitiva, admirable, y con un código moral único, sólo válido para ella.

Se subió las medias, e introdujo la Magnum Parabellum entre los testículos velludos y las bragas de seda Armani. El contacto frío y severo con el acero inoxidable del arma -cargada, como sus testículos- le provocó una súbita y agradable erección. Sus 20 cms en línea paralela con el cañón de aquella pistola constituían una de las sensaciones más sublimes y contradictorias que había experimentado jamás. El amor y la muerte, el dolor y el placer, el inicio y el fin de la vida juntos... Todo cabía en sus bragas, alfa y omega de la vida posmoderna.

Se miró al espejo. Vestido ceñido, plateado, Doce&Gabana. Zapatos Manolo Blahnik morados y brillantes. Pelo verde, lacio, reluctante. Ella, en sí misma, era un lujo galáctico.

-¡Guapa!

Antes de salir por la puerta de su ático "minimal" en la Gran Vía, como siempre, puso el himno de todas las noches, Bailando, pero no la intelectual y lejana versión de Astrud, sino la electrochochi de Paradisio, que siempre le parecía mucho más divertida y bailable. Y la bailó mirándose satisfecha y lasciva, contoneándose cual vedette decadente ante el gran espejo de su cuarto. Era verano. Se sentía inmensamente feliz, plena. Todo estaba en su sitio. Salió a la calle.



Le gustaba Madrid. Le gustaban sus calles ardientes bajo el sofoco primitivo del aire seco y estival, ese hálito mesetario que aniquilaba cualquier atisbo de humedad. Le gustaba el perezoso desamparo de sus mendigos y la irresoluta rebeldía de sus jóvenes, ahora en la moda europea del techno/house y las drogas de diseño. Le gustaban las noches en Xenon o Aliens, puesta hasta los ovarios de éxtasis, y enseñando su gran polla sin depilar en los baños, a cambio de algún favor sexual o algún tirito, a algún incauto moderno que quería ver aquel portento ya famoso en la noche capitalina.

En la esquina de Gran Vía con Fuencarral estaban Vladimirame'l Coño y Katrhina Chochova. Vladimirame'l iba elegantísima, pero demasiado barata, con un vestido negro con lentejuelas robado del Sepu y una gargantilla falsa comprada en el Todo a 100 de debajo de su casa donde tenía cuenta personal. La moscovita iba inclasificable, con un palabra de honor estilo leopardo y unos zapatos de tacón azules, y su cara hinchada y amable era una versión eslava de Maritrini.

- ¡Cosmética, tía! ¿Has visto que cutre y barata es mi amiga la Chochova?
- Sí. Me gusta. El lujo está reservado a mí...
- Si supiera invertir en el Ibex-35 como tú, iba yo a robar en el Sepu...
- Además de inteligente, fui lista. Hice ICADE, además de filosofía y letras, y el máster MBA antes de ponerme tetas. Ahora tengo tetas y dinero. El sueño de cualquier persona con dos dedos de frente.
- ¿Me estás llamando tonta?
- Anda rubia, no me malinterpretes. Por cierto Vladi, espero que tengas farlopa. Necesito un tiro antes de ir a ese antro que tanto te gusta. ¿La Chochova no dice nada?
- ¿Al Stars Café? Déjala, esta sólo habla Bielorruso. Pero la chupa de puta madre así que arrasará esta noche.
- Por cierto, te tengo que contar... me estoy tirando a un ejecutivo de banca de inversión que me lleva algunas cuentas... Tiene mujer e hijas.
- Qué suerte tienes, hija de puta. ¿Te folla él a ti o tú a él?
- Yo a él. Siempre fui activa. Y bisexual.
- ¿Bisexual? ¿Eso es que te comes dos pollas a la vez?
- Qué ordinaria eres, Vladi.
- No soy ordinaria. Soy judía.
- Pues viva Palestina. Esta noche me voy a comer a alguien... -la pistola se movió en sus bragas y medio huevo se enredó incómodamente con el gatillo. Temió provocar un accidentado suicidio genital. Se recompuso rápido.
- ¿Decías?
- No, nada. Que vámonos ya al Stars ese a empezar la noche. Tengo ganas de bailar un poco de tecno-house y conocer a algún educado varón al que mantener. Y échate crema hidratante de una vez, que pareces Rafael Alberti.
- Recuerda que llevo 3 operaciones y ya tengo 45 años.
- En cada labio del coño, puta.

Y las tres androides felices e inconscientes se dirigieron al Starss Café, ese glamouroso bar de finales de los 90, frecuentado por la beautiful people madrileña, por Almodóvar y Amenábar, por los camellos más modernos e influyentes, esos que cuando meten en la cárcel se va un trozo de la noche para siempre. Y allí entraron, cual cenicientas fluorescentes en el palacio de cristal, huyendo del calor de las calles, ajenas a todo lo que iba a pasar aquella noche...

Continuará...

martes, 6 de julio de 2010

Desde Parla, con amor

Un chico musculoso camina hacia la Plaza de España, a unos diez metros delante de mí. Torso desnudo. Camiseta atada al cinturón de sus vaqueros ajustados. Parece un símbolo que encarna estos dos o tres días anómicos. Músculos, individualismo, exhibición.

Domingo 4 julio de 2010. Son las 7 de la mañana. Vuelvo a casa por la Gran Vía. La atmósfera parece haberse contagiado de la resaca ciudadana. Empieza a amanecer tímidamente, como sin ganas.

Decido seguir, prudentemente, al chico del cuerpo armonioso.

Hay miles de papeles, viseras, vasos de plástico y olor a alcohol derramado. La identidad, cuando se celebra a sí misma, adquiere trazas tribales. Es una conducta que nos define y nos vertebra en estos tiempos de melancolía nacional (más que en los preámgulos, que somos una nación se observa en el estado de las calles tras la fiesta). Desde la Feria de Abril hasta los San Fermines. Del Orgullo Gay a las fiestas en Gràcia.

Anoche pasó algo estimulante desde el punto de vista social. En unos momentos de conjunción planetaria se mezcló la voz de Kylie Minogue, la música house y los cánticos celebrando la victoria de España (agónico golazo de Villa). Sin embargo, a nadie se le ocurrió poner un toro de Osborne sobre la bandera del arcoiris. Luego la gente se guareció en locales, en chill-outs en hoteles o casas de amigos, en orgías organizadas por Internet. La libertad era esto.

Conforme nos aproximamos a la Plaza, me pregunto por qué lo estoy siguiendo... No son ganas de ligar. Ya tuve lo mío (por la tarde, con uno del gimnasio, lejos del scene de esta celebración). Lo sigo por simple curiosidad humana. Es la cadencia de sus pasos. Hay algo indiferente en ella. Como si el símbolo carnal de estos días no tuviera prisa por llegar a su destino. Como si no tuviera destino. Puede que sea el aire de su rostro. Me pareció percibir una neutralidad cercana a la abstracción.

El chico se detiene en la puerta del Edificio España. Se sienta en las escaleras. El chico ha perdido la mirada en el horizonte. Hay, de golpe, una brizna de leve desolación. Sentado, se notan sus dorsales. Se agarra a las rodillas gastadas del vaquero. Voy a pasar por la acera, a su lado. Y voy a intentar no mirarlo. Y olvidarlo. Y dormir.

Pero cuando paso delante de él, el chico abre la boca. Habla con acento de barrio.

- Perdona...

- ¿Sí? - me giro.

- ¿Sabes dónde hay una comisaría por aquí? No soy de aquí, y me han robado la cartera y el móvil.

- Muy típico de este tipo de noches. Hay una cerca. ¿Quieres que te acompañe?

- No estaría mal... pero, tengo otro problemilla...

- Cuéntame.

- Tengo la camiseta rota. Por eso no la llevo puesta. Ha sido una noche de mierda, en fin.

- Mira, no tengo nada que hacer. Yo vivo aquí arriba, si quieres, subes, te dejo una y vamos a comisaría.

- Joder, eres un tío legal.

- De nada. Por cierto, me llamo A.

- Yo A también.

- Encantado.

A me acompaña a casa. 25 años. Es de Parla. Tiene un pendiente en la oreja derecha y un pequeño tatuaje de un escorpión junto al ombligo, biselando un abdominal (¿tiene singular este músculo?).

A pesar de esta contundente gramática corporal, A es tímido, y le cuesta contarme que apenas lleva dos años saliendo esporádicamente por sitios gays, pero no baja mucho al centro. Que trabaja de segurata en un centro comercial de Parla. Que vive con su madre y su hermano mayor. Que su padre murió. Que en el barrio pocos saben que le molan los tíos, sólo su amiga Yoli y otro colega que también "entiende". Que esta noche estuvo en Ohm, pero que pasa mazo de "empastillarse", como hacen los demás. Que dentro, se dio cuenta de que le habían robado la cartera. Y que salió a buscar a un un segurata. Y alguien le empujó. Y No recuerda mucho más.

Le doy una camiseta limpia mía, que le queda ajustada, y lanzo una mirada última al abdominal del escorpión, junto al ombligo. Después de esperar en comisaría más de dos horas hasta poner la denuncia, sabe más de mí que la mayor parte de mi facebook. Puesta la denuncia, a las 10 de la mañana me dice:

- ¿Y ahora cómo coño vuelvo a Parla?

- Te dejo algo para el billete de metro tío.

- Joder tío ahora volver, qué pereza tronco. Me iba a haber ido con el Dani... que tiene coche.

Y con el abdominal del escorpión en mi mi mente, mi boca articula la respuesta inmediata.

- Quédate en casa y descansa, si quieres. Ya te vas después.

- ¿No molesto?

- Para nada.

En casa me preguntó, extrañado, si me había leído "todos esos libros". Le dije la verdad: casi todos. Pero el libro de su cuerpo me interesaba más que cualquier novela. Bajo aquellos renglones duros, había alguien frágil, que encontré a la deriva por la calle después de un fin de semana sin final. A veces, los ángeles descienden a la tierra. O emergen, del fondo del abismo.

miércoles, 23 de junio de 2010

Noches en Bobby Logan

Era la 1 de la madrugada de un sábado de primavera de 1995. Estábamos en la puerta del Bobby Logan, y yo tenía 16 años. Frente a los forzudos porteros, se había formado un enorme barullo de chicos de mi edad o mayores que querían entrar en la disco más de moda en Málaga desde finales de los 80. M, con su timidez adolescente, su delicioso rostro empollón de ángulos simétricos y su camisa hiperbólica que resbosaba por encima de los vaqueros, era recriminado por J., pelo largo, aspecto macarra, ojos grandes y azules.
- M. a ver si te comes a una tía de una puta vez.
- Vete a tomar por culo. Ya me he comido muchas.
- Eso no te lo crees ni tú.
- ¿Alguien me da un cigarro? -intervine para romper el haz de testosterona hiperconcentrada que distanciaba a mis amigos como se repelen los polos de un imán de la misma carga.
- Mira, ahí viene L. Será pijo. -tercia M.
- No más pijo que tú -contraataca J.
- Tú qué sabrás, gilipollas.
- Qué mierda, ¿nadie tiene algo que no sea Fortuna?

El Fortuna me producía un leve picor en la garganta y prefería el Chesterfield, que además era más masculino. El Bobby Logan ya estaba lleno cuando entramos. Buscamos nuestro sitio en la pista, cerca de tres tías buenas. Los láser descomponían los colores de nuestras camisas y ajedrezaban el suelo con flashes fluorescentes. Miré a mi pandilla. ¡Qué extraños, esquizos y bipolares éramos! De día escuchábamos Nirvana y llevábamos camisetas negras, con fetos sumergidos en piscinas, con rayos que partían el cielo, o con cementerios. Por la noche nos poníamos camisas pijas de RL y nos lanzábamos a la pista de baile. De día éramos oscuros, y por la noche, luminosos. De las tres tías buenas, conocía a una, que iba a mi instituto. Era rubia y de ojos azules, vestía con una sobriedad nórdica, por lo que pensé que sería medio guiri, y tenía un precioso cuerpo alto y desarrollado.

Ahora me parece mentira que, a partir de aquella noche, P. y yo estuviéramos dos años juntos. Casi mi récord sentimental. Y cuando se está discutiendo, en el Ayuntamiento de Málaga, qué hacer con el Bobby Logan, que lleva años cerrado y decrépito, abandonado y tapiado, he pensado en lo que significan algunos lugares en nuestra biografía; qué peso exacto tienen en nuestros recuerdos. Al leer la noticia me ha venido a la mente que años después, cada vez que he pasado por delante del Boby Logan, he imaginado que aquella noche continuaba dentro, que en la pista seguíamos estando los mismos, que yo besaba a P. y que J. y M. se disputaban el territorio que quedaba. Y que la música seguía y seguía y seguía... con CoRo cantando Because the night, con Ace of Base y Pet Shop Boys, y que aquella madrugada adolescente de 1995 no terminaba nunca y continuará en algún sitio -de nuestra alma- aunque echen abajo la discoteca.

lunes, 21 de junio de 2010

Lunes de papel, y otras reflexiones del viento

Retorno a este blog, como quien vuelve a un lunes. Precisamente, porque es lunes. Y los lunes, más que los miércoles de Carnaval, tienen algo de ceniza. De tierra quemada. El fin de semana, como siempre, minitó la promesa de placeres novedosos. Extraigo poco jugoso de ellos, más allá de lo que objetivamente puedo esperar. Nos aproximamos al viernes tasando el weekend con un exceso de optimismo que el sábado a mediodía ya es realismo; el sábado por la noche, "realismo sucio"; y el domingo, un agrisado pesimismo. Es un círculo mecánico, rutinario. El kamosisa está un poco harto de la evidencia que te impone el tercer Tanquerai con tónica: esto es lo que hay, my friend. No pidas cóckteles de fantasía en la barra libre del fin de semana. Y a pesar de ello, resulta agradable encallar con una cerveza en los arrecifes de Gran Vía, la Plaza de las Comendadoras y la Calle Fuencarral. Tiene algo de suave cataclismo.

Reflexión anotada mentalmente en el autobús. Probablemente, ya pasó el tiempo de los amores absolutos, esas pasiones totalizantes capaces de atenazar la integridad de nuestro espíritu y envolverlo trágicamente hasta diluir nuestra individualidad en la sombra del "otro". Era la pulsión autodestructiva de Ana Karenina, abocándose hacia su propio abismo al depositar fatalmente su destino en manos de Vronsky. Era la mortal locura de la terrateniente Cati por el gitano Heatchcliff, de Cumbres Borrascosas. Era la autoesclavitud elegida de Arianne hacia Solal, en Bella del Señor. Hay tantos ejemplos que parece que el Amor (con mayúsculas) fuese un invento de la literatura, o viceversa. Ya no hay espacio -ni tiempo- para los sentimientos omniabarcantes del siglo XIX. Pero el amor ni se crea ni se destruye, se transforma como la energía y ahora es una cartera de inversión diversificada en multitud de títulos. Con unos ganas algo, y con otros pierdes otro tanto. Es cuestión de márgenes de beneficio. No lo fías todo a un solo valor. Demasiado riesgo. Se trata de diferir daños, amortiguar posibles pérdidas y encontrar una ratio de retorno aceptable. Somos más parecidos a Patrick Bateman, el protagonista de American Psycho, de lo que nos creemos.

En la oficina. La banda sonora está formada por la "f" sorda del Aire Acondicionado, alguna llamada de teléfono y la esporádica y limpia cópula de las fotocopiadoras en el pasillo. El café y las tostadas, el apesadumbrado editorial de El País, las charlas sobre "La Roja" me abren el acceso a la conciencia de mí mismo. Aquí y ahora. Hic et nunc. Recupérate. Produce. Envía. Recibe. Lee. Escribe. Informes y más informes en la mesa, por leer. La realidad se anilla en un dossier. Siempre me gustó aquella canción de Radio Futura, "soy un hombre de papel". Y también un juguete del viento. Lo dicho, un lunes marrón. O un marrón de lunes.

martes, 4 de mayo de 2010

¿Qué cumbre borrascosa es más gay?





Con todo, yo creo que la primera, es decir, la original, de Kate Bush. Pero me encanta la de Angra también...

lunes, 19 de abril de 2010

Extremidades

Resulta que uno podría reducirse a un centro, con ramificaciones que te van expandiendo hacia afuera.

Desde la cabeza de alfiler donde se deciden las cosas, donde se siente, donde se piensa y se distinguen los colores y los olores, parte una señal que hace mover un dedo, una mano, un pie. Un párpado. En unas pocas células custodiadas por sangre, vísceras, glándulas, hueso, piel, pelo, se juega esta partida: si te empalmas o te duermes, si caminas o te rindes. Si sientes frío o calor, placer o dolor. Pero entonces, al estirar la mano, uno se da cuenta de que apresa el vacío. Y cierras el puño. Pero no hay nada dentro. Y da igual lo que decidan, sientan o reflexionen.

Resulta que las cosas más importantes quedan fuera de su competencia.