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lunes, 9 de julio de 2007

Caótico E.

Si la casa de los kamosisas es oscura, tenue y alargada, con inclinación por el gusto art-deco con detalles chinescos, estética tardo-franquista y resabios de vanguardia, amplios sofás de skai rojo y algún almohadón de terciopelo, sillas plegables de plástico para el verano en la terraza y acaso algunas cómodas de bambú, si la casa es esa antinomia entre lo clásico y lo antiguo, la cama del kamosisa es un tanto extraña e inclasificable.

Por ella, tal vez hayan pasado demasiados cuerpos. Pero muy poquitos sueños. Algunos embriones de cariño fueron rápidamente abortados. Otros cigotos de esperanza se cayeron por el lado derecho -o el izquierdo. Las células madre de remotas pasiones amorosas fueron enviadas a algún centro de investigación de Bernat Soria. También hubo cadáveres a los que sajé con la precisión del experto bisturí fantasioso.

Esa es la pequeña biografía de la cama del kamosisa: confusa, inconclusa, y aún vacante. Es una biografía por la que pasaste tú ayer, caótico E., intrigante E. Huidizo E. Nada te podría pedir. Y nada ofrecerte, tal vez. Pero el kamosisa sintió cierta desazón dominical en el adiós. Un adiós que no supo tan bien como el beso.

Porque esta cama portátil que me acompaña es una cama a la que a veces le duelen las sábanas de tanto desgarrarse por las mañanas.