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lunes, 14 de julio de 2008

Sin retirada.

Leo, después de días de herrumbre, este texto en las paredes del Metro:


El óxido se poso en mi lengua como el sabor de una desapari-
ción.

El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el
olvido,

y no acepté otro valor que la imposibilidad.

Como un barco calcificado en un país del que se ha retirado el
mar,

escuché la huida de los insectos y la retracción de la sombra al
ingresar en lo que queda de mí;

escuché hasta que la verdad dejó de existir en el espacio y en
mi espíritu,

y no pude resistir la perfección del silencio.


Antonio Gamoneda, "Descripción de la mentira".

Estamos para contarnos con los dedos de una mano.
Y para cerrar el puño.
Pero, después de todo, estamos.
Y estamos vivos.
Y estamos fuertes.
Y estamos bien.

lunes, 26 de mayo de 2008

Pasillos

El pasillo es el papel, y el azar es el texto. El pasillo vacío es como el folio en blanco: Una suerte de miedo a lo desconocido que contiene potencialmente al infinito. Así aprendí a ser periodista: observando los márgenes, deteniéndome en los paréntesis, sabiendo que la información que vale circula por debajo de la mesa, en los excusados y reservados, lejos de la sólida oficialidad de lo preestablecido.

Me encuentro a J, en virtud del azar, en uno de esos pasillos. Es una larga mañana ministerial, con ecos de grandes puertas, plúmbeo cielo velazqueño por la ventana, y ordenanzas solícitos de aburrimiento.

J, par a mí, unos 45 años, varón clásico y solterón, vestimenta de protocolo cara, verbo de conspirador palaciego, risa de cotilla real, andares de pavo encuadernado, picaresca torcida de consorte descreído, educación morigerada y ampulosa, mirada de zarzuela madrileña, niño de Chamberises y barquillos en verano, tardes de horchata y zapatos nuevos, me pregunta, al salir del despacho de un tierno compañero de trabajo, si emerjo del cuarto oscuro, a estas horas, tan tempranas. Tan de café con churros servidos por Goyo en la cafetería de los subsecretarios que comentan el pedrojotismo de todos los días. Y el comentario me despierta más que un cortado doble con anfetas, aderezado de redbull y Coca-cola.

Observado por lóbregos lienzos cuarteados que ponen rostros eternos, aun a costa de lo estético, a lo efímero de los cargos del poder, me digo que aquella paradoja entre noche y día, antro y Ministerio, sordidez y suntuosidad es el claroscuro tenebroso y brillante que mejor define Madrid.

Pero debo callar. Se acerca un ordenanza con paso de largo de tarde de lunes. Ah, el pasillo indiscreto, texto de nuestros días.