Según Judith Butler, el género es una construcción social, es decir, en su dimensión relacional, atiende a un conjunto de normas y parámetros que se generan desde la idea básica de la normalidad (y por tanto, de moralidad). Estas normas son interiorizadas por los individuos, que se construyen así binariamente como "mujer" o como "hombre". Las esferas intermedias (la homosexualidad, transexualidad, drag queens, drag kings...etc) constituyen, precisamente, esas fugas de la normalidad: la anormalidad, que debe ser perseguida.
Sin embargo, el método por el cual se crea un género normalizado, es el mismo que se utiliza para la transgresión: la performance. Para entendernos, la puesta en escena. Ahí está la clave. Que las mujeres lleven falda, y los hombres pantalón, que unos sean "duros", y las otras, "blandas", no obedece a una cuestión "natural"; al contrario, es produco de la performance de género que constantemente interpretamos.
A mí, personalmente, me gustan los ataques a la identidad desde los extremos, más que desde la confluencia masculino-femenino. La hipermasculinización de la masculinidad, es su completa destrucción. Su reducción a mera prótesis. Dicho de otro modo: cojo la construcción social de la masculinidad, y me divierto -gozo- con ella llevándola al extremo: obreros, militares, policías han estado en mi punto de mira, no como ejemplos de una normalidad deseada, sino expresiones de una anormalidad excitante y, en cierto modo, monstruosa. Así, con esa apetencia de irrealidad que, según Lacan, está en el corazón de la sexualidad, los he convertido en objetos de deseo lúdico, sexual, emocional.
Con las mujeres, me pasa igual. Me parece fascinante la idea de una mujer que "necesita hacer de mujer", lo que demuestra claramente el carácter teatral del género.
Aquí dejo varios vídeos en los que la performance de género se hace desde a hipermasculinización, o hiperfeminización. Espero que los disfrutéis:
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jueves, 4 de diciembre de 2008
miércoles, 18 de junio de 2008
Identidad
Es durante la adolescencia, en la dolorosa toma de contacto con la realidad, cuando se te rompe el alma. Y ese conjunto de grietas, fosos, muros de defensa y almenas improvisadas rápidamente te acompaña ya para el resto de tu vida. Lo que te hace ser seguro o inseguro, valiente o cobarde, defensivo o agresivo, tímido o lanzado.
Si quisiéramos cambiar los planos, deberíamos volver a ese periodo, tirar tabiques, rehacer el edificio.
De aquella época, no temo la oscuridad, pero soy hipocondríaco. No me da miedo estar solo, pero me hundo ante la agresividad, o el silencio, o la ausencia, o la traición de los demás. El mundo, en su ritmo infernal, en su autodepredación constante, sigue siendo un jeroglífico indescifrable para mí.
Me quedo como estoy, con el cúmulo de imperfecciones que conforman la serie alfanumérica de mi precaria identidad: mi proverbial ingenuidad antropológica, mi inclinación a la timidez bien disimilulada, mi humillación ante cualquier tipo de belleza, mi boquete en el pecho en el que falta cariño.
Pequeños tesoros.
Si quisiéramos cambiar los planos, deberíamos volver a ese periodo, tirar tabiques, rehacer el edificio.
De aquella época, no temo la oscuridad, pero soy hipocondríaco. No me da miedo estar solo, pero me hundo ante la agresividad, o el silencio, o la ausencia, o la traición de los demás. El mundo, en su ritmo infernal, en su autodepredación constante, sigue siendo un jeroglífico indescifrable para mí.
Me quedo como estoy, con el cúmulo de imperfecciones que conforman la serie alfanumérica de mi precaria identidad: mi proverbial ingenuidad antropológica, mi inclinación a la timidez bien disimilulada, mi humillación ante cualquier tipo de belleza, mi boquete en el pecho en el que falta cariño.
Pequeños tesoros.
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