Es durante la adolescencia, en la dolorosa toma de contacto con la realidad, cuando se te rompe el alma. Y ese conjunto de grietas, fosos, muros de defensa y almenas improvisadas rápidamente te acompaña ya para el resto de tu vida. Lo que te hace ser seguro o inseguro, valiente o cobarde, defensivo o agresivo, tímido o lanzado.
Si quisiéramos cambiar los planos, deberíamos volver a ese periodo, tirar tabiques, rehacer el edificio.
De aquella época, no temo la oscuridad, pero soy hipocondríaco. No me da miedo estar solo, pero me hundo ante la agresividad, o el silencio, o la ausencia, o la traición de los demás. El mundo, en su ritmo infernal, en su autodepredación constante, sigue siendo un jeroglífico indescifrable para mí.
Me quedo como estoy, con el cúmulo de imperfecciones que conforman la serie alfanumérica de mi precaria identidad: mi proverbial ingenuidad antropológica, mi inclinación a la timidez bien disimilulada, mi humillación ante cualquier tipo de belleza, mi boquete en el pecho en el que falta cariño.
Pequeños tesoros.
miércoles, 18 de junio de 2008
jueves, 12 de junio de 2008
Sociedad desabastecida
Me despierto, desde hace meses, con una sensación extraña, una cierta incomodidad que me recuerda a cuando los zapatos no me encajan bien. Una malestar como de fin de ciclo.
Hasta hace poco, vivíamos en una sociedad de efectos sin causa. Y éramos felices.
Felices en la lógica de la abundancia que consiste en sustituir el producto por su sensación, por su placer. Es el efecto el que crea la causa; el acto de compra, de satisfacción de un impulso neuronal, el que genera la función.
Consumimos psicología: a cada marca, un valor diferente. A cada novedad, un estímulo antidepresivo. El mercado es una extensión de nuestro sistema nervioso, la proyección tasada de nuestro subconsciente. El consumo, una neurosis que devora la realidad, que tira de ella con su obsesiva ausencia de algo.
Y de repente, las causas se rebelan contra los efectos: el petróleo dice adiós, el plástico se encarece, el transporte se manifiesta.
Es como si todo el aparato productivo reclamase su existencia tras años de expulsión del sistema. Ahora nos toca a nosotros, parecen decir los elementos ocultos.
Tras un largo sueño plagado de miríadas de sensaciones, nos despierta una alarma con el aviso de que la realidad sigue esperándonos
PD: Lectura recomendada, “El país de las últimas cosas”, de Paul Auster.
Hasta hace poco, vivíamos en una sociedad de efectos sin causa. Y éramos felices.
Felices en la lógica de la abundancia que consiste en sustituir el producto por su sensación, por su placer. Es el efecto el que crea la causa; el acto de compra, de satisfacción de un impulso neuronal, el que genera la función.
Consumimos psicología: a cada marca, un valor diferente. A cada novedad, un estímulo antidepresivo. El mercado es una extensión de nuestro sistema nervioso, la proyección tasada de nuestro subconsciente. El consumo, una neurosis que devora la realidad, que tira de ella con su obsesiva ausencia de algo.
Y de repente, las causas se rebelan contra los efectos: el petróleo dice adiós, el plástico se encarece, el transporte se manifiesta.
Es como si todo el aparato productivo reclamase su existencia tras años de expulsión del sistema. Ahora nos toca a nosotros, parecen decir los elementos ocultos.
Tras un largo sueño plagado de miríadas de sensaciones, nos despierta una alarma con el aviso de que la realidad sigue esperándonos
PD: Lectura recomendada, “El país de las últimas cosas”, de Paul Auster.
lunes, 9 de junio de 2008
Lluvia
Vuelvo de un breve finde en Málaga, sazonado de playa y sol, con una pizca de noche, y me encuentro, otra vez, con el plomizo cielo velazqueño.
Vuelvo de la ligereza mediterránea, amable ante la vida, y me topo con el ronco cabreo madrileño, una urbe cada día más toscamente facha y amargada ante la vida.
Y eso que no cato Telemadrid, que apago el televisor cuando aparece Aguirre o cualquiera de sus consejeros, y que he decidido, en general, no exponerme al discurso tóxico de la prensa de derechas.
Es cierto: las playas de Málaga son prosaicas, populacheras, alborotadamente humiles, y contaminadas. Pero no menos impuro es el estado de ánimo de la capital, contagiado de taxista a taxista, de oficinista a oficinista, en una metástasis de áspero resentimiento.
Y a pesar de eso, me gusta la ciudad alegre y revoltosa que se intuye, que subyace debajo de los adoquines, que pega algún chispazo inesperado en alguno de sus rincones. La ciudad que fue algún día, con el viejo profesor. A ella me debo.
Vuelvo de la ligereza mediterránea, amable ante la vida, y me topo con el ronco cabreo madrileño, una urbe cada día más toscamente facha y amargada ante la vida.
Y eso que no cato Telemadrid, que apago el televisor cuando aparece Aguirre o cualquiera de sus consejeros, y que he decidido, en general, no exponerme al discurso tóxico de la prensa de derechas.
Es cierto: las playas de Málaga son prosaicas, populacheras, alborotadamente humiles, y contaminadas. Pero no menos impuro es el estado de ánimo de la capital, contagiado de taxista a taxista, de oficinista a oficinista, en una metástasis de áspero resentimiento.
Y a pesar de eso, me gusta la ciudad alegre y revoltosa que se intuye, que subyace debajo de los adoquines, que pega algún chispazo inesperado en alguno de sus rincones. La ciudad que fue algún día, con el viejo profesor. A ella me debo.
miércoles, 4 de junio de 2008
Princesita dundee ataca de nuevo
Así es la australianísima: una Princesita dundee. Edulcorada, plastificada, menuda, artificial, multicolor, redondita, menuda, marchosa, chillona:
Con ese glamour rubio-ñoño tan del regusto pop. Tan Jean Paul-Gaultier reloaded.
La imagina uno tomando un zumo de naranja en un Grand Hotel. Viajando con 300 maletas y 200 porteadores por los aeropuertos. Escogiendo con problemas qué gafa de sol ponerse para salir del avión privado y hacer tierra en... ¿en? ¿Madrid, Roma, Berlín? Cariño, ¿dónde quedaba eso?
¡Oh, tantos kyliómetros en este X-Tour!
Blufffff. La pantalla gigante acojona. Suena -originalidad ante todo- el comienzo de 2001: Así habló Kylie. Digo Zaratustra.
Los graderíos catapultan los gritos del mariconeo heterodoxo en ebullición ante la salida de la ídola (jovencitos de purpurina, maribollos mitómanas, treintañeros frívolos, muscucalvas, mezclados con heteropijos, rubias de bote y turistas).
Y entonces baja colgada de una especie de columpio-trono a medio camino entre lo faraónico y lo intergaláctico...
Se mueve. Contonea sus amplias caderas, con el muslamen oculto bajo faldas que flotan y que ella agita con sus manos. Y empieza la segunda canción, de las pocas que conozco: I can't get you out of my head.
Y el corazón de Madrid se consume bajo una piñata de colores pastel y ritmos neumáticos.
Viva Kylie y sus cambios de vestuario.
Con ese glamour rubio-ñoño tan del regusto pop. Tan Jean Paul-Gaultier reloaded.
La imagina uno tomando un zumo de naranja en un Grand Hotel. Viajando con 300 maletas y 200 porteadores por los aeropuertos. Escogiendo con problemas qué gafa de sol ponerse para salir del avión privado y hacer tierra en... ¿en? ¿Madrid, Roma, Berlín? Cariño, ¿dónde quedaba eso?
¡Oh, tantos kyliómetros en este X-Tour!
Blufffff. La pantalla gigante acojona. Suena -originalidad ante todo- el comienzo de 2001: Así habló Kylie. Digo Zaratustra.
Los graderíos catapultan los gritos del mariconeo heterodoxo en ebullición ante la salida de la ídola (jovencitos de purpurina, maribollos mitómanas, treintañeros frívolos, muscucalvas, mezclados con heteropijos, rubias de bote y turistas).
Y entonces baja colgada de una especie de columpio-trono a medio camino entre lo faraónico y lo intergaláctico...
Se mueve. Contonea sus amplias caderas, con el muslamen oculto bajo faldas que flotan y que ella agita con sus manos. Y empieza la segunda canción, de las pocas que conozco: I can't get you out of my head.
Y el corazón de Madrid se consume bajo una piñata de colores pastel y ritmos neumáticos.
Viva Kylie y sus cambios de vestuario.
martes, 3 de junio de 2008
Fans
Si nada lo impide, y sin ser fans' de ella, esta noche iré al concierto de Kylie, antesala del Gay Pride de dentro de unas semanas.
Llevo el uniforme conciertero en una mochila. Cuando den las 20:30 me transformaré cual Jekyll en Hyde: me quitaré la corbata (nudo Ascott), me pondré mis zapatillas Levi's nuevas, mis vaqueros desteñidos (bleach estile) y mi camiseta ceñida.
Nadie me parará. Quemaré los desayunos hipocalóricos, pero me inyectaré glucosa popera intravenosa. Pasaré de las locomotoras de los AVE a la "locomotive" del petardeo. Y a lo mejor, se produce alguna interesante revelación.
Mañana es ya otro tema.
Llevo el uniforme conciertero en una mochila. Cuando den las 20:30 me transformaré cual Jekyll en Hyde: me quitaré la corbata (nudo Ascott), me pondré mis zapatillas Levi's nuevas, mis vaqueros desteñidos (bleach estile) y mi camiseta ceñida.
Nadie me parará. Quemaré los desayunos hipocalóricos, pero me inyectaré glucosa popera intravenosa. Pasaré de las locomotoras de los AVE a la "locomotive" del petardeo. Y a lo mejor, se produce alguna interesante revelación.
Mañana es ya otro tema.
viernes, 30 de mayo de 2008
Anoche
Esta mañana es aún anoche.
Anoche R, compañero de trabajo, guapo homólogo de mi edad, me llama para tomar unas copas. No me puedo resistir.
A R. lo conocía desde antes de llegar aquí. Lo conocí en Málaga enmedio del fragor de la última campaña electoral, y aparte de algún simpático cruce de e-mails y alguna conversación de trabajo, hablamos poco. Eso sí: nos llamamos mutuamente la atención. Por lo que fuera, por una cierta afinidad vital difícil de concretar, que va más allá de lo parecido de nuestras respectivas situaciones. Por una atracción personal solapada, sigilosa. Por lo que fuese.
Me presenta a su mejor amiga, M, y al novio de ésta, G. Ella, camiseta cara con una serigrafía de "pitufina", icono que fielmente la retrata. G, vaqueros correctos y camisa a rayas por fuera, à la mode Barrio de Salamanca. R lleva un polito de eterno joven, de colegial incandescente, como sus mejillas.
Son las 12 y empieza la noche a base de mojitos, se prolonga con dardos (quedé segundo sin haber tirado antes uno en toda mi vida) y se prorroga, trayecto en el mini de ella con Shakira a tope incluido, en un pub atestado del corazón pijo de Madrid, un bar sin demasiados aderezos donde se suceden canciones de Los Inhumanos, Hombres G, Amaral... y para mi sorpresa, U2. Una chica se contena a mi lado, ante mi sorpresa y evidente desinterés, fijado en otro sitio.
Pitufina y G deciden irse, no sé intencionadamente o no, y dejarnos solos en una discoteca que se llama... "Déjate besar" ("música pop para espíritus no codificados").
Y no, no hubo besos, pero sí una prolongada y agradable conversación que viró sobre temas tan interesantes como Madonna o Killy, y una vez decididos por Madonna, si Madonna primera o última generación. Y de ahí, al trabajo, Málaga, las amistades, los conciertos, la política.
Todo, menos nosotros.
Y tal vez, mejor así.
Anoche R, compañero de trabajo, guapo homólogo de mi edad, me llama para tomar unas copas. No me puedo resistir.
A R. lo conocía desde antes de llegar aquí. Lo conocí en Málaga enmedio del fragor de la última campaña electoral, y aparte de algún simpático cruce de e-mails y alguna conversación de trabajo, hablamos poco. Eso sí: nos llamamos mutuamente la atención. Por lo que fuera, por una cierta afinidad vital difícil de concretar, que va más allá de lo parecido de nuestras respectivas situaciones. Por una atracción personal solapada, sigilosa. Por lo que fuese.
Me presenta a su mejor amiga, M, y al novio de ésta, G. Ella, camiseta cara con una serigrafía de "pitufina", icono que fielmente la retrata. G, vaqueros correctos y camisa a rayas por fuera, à la mode Barrio de Salamanca. R lleva un polito de eterno joven, de colegial incandescente, como sus mejillas.
Son las 12 y empieza la noche a base de mojitos, se prolonga con dardos (quedé segundo sin haber tirado antes uno en toda mi vida) y se prorroga, trayecto en el mini de ella con Shakira a tope incluido, en un pub atestado del corazón pijo de Madrid, un bar sin demasiados aderezos donde se suceden canciones de Los Inhumanos, Hombres G, Amaral... y para mi sorpresa, U2. Una chica se contena a mi lado, ante mi sorpresa y evidente desinterés, fijado en otro sitio.
Pitufina y G deciden irse, no sé intencionadamente o no, y dejarnos solos en una discoteca que se llama... "Déjate besar" ("música pop para espíritus no codificados").
Y no, no hubo besos, pero sí una prolongada y agradable conversación que viró sobre temas tan interesantes como Madonna o Killy, y una vez decididos por Madonna, si Madonna primera o última generación. Y de ahí, al trabajo, Málaga, las amistades, los conciertos, la política.
Todo, menos nosotros.
Y tal vez, mejor así.
jueves, 29 de mayo de 2008
Y si cambio de idea...
Fue la primera llamada nada más llegar a Madrid. Era él. Con su voz de adolescente prolongado. Era él. Con su inocente capacidad de destrucción. Él. Llamando.
Alguien le dijo que me venía a vivir. Y yo ya me había olvidado.
El alegre e inocente generador de tristeza. Me llamó.
Y nos vimos ese día. Y otro. Y cenamos, y salimos. Y está ahora en mi vida. Sin estar. Sin papeles. Estamos improvisando. Hacia ninguna parte, es cierto. Me prometí que lo iba a olvidar. Pero él sabe cómo evitar que lo olvide. Le basta con estar.
Él.
Alguien le dijo que me venía a vivir. Y yo ya me había olvidado.
El alegre e inocente generador de tristeza. Me llamó.
Y nos vimos ese día. Y otro. Y cenamos, y salimos. Y está ahora en mi vida. Sin estar. Sin papeles. Estamos improvisando. Hacia ninguna parte, es cierto. Me prometí que lo iba a olvidar. Pero él sabe cómo evitar que lo olvide. Le basta con estar.
Él.
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