Tenía la hermosa edad de 7 años, recién cumplidos, cuando el cohete del Challenger se desintegró en el cielo, lanzando la cabina a 22 km de altura con sus tripulantes vivos, que al parecer no murieron en el acto, sino cuando la cabina cayó al mar. Ese día, se desintegró también mi sueño, compartido con todos los niño de mi edad, de ser astronauta. Y empecé a vivir en la tierra, donde existe la muerte, el miedo y el amor.
Cuando la televisión escupía este anuncio, yo me frustraba de no ser uno de esos atléticos y rubísimos chicos de mi edad, que me recordaban que yo era moreno, desgarbado y gran un patoso para el fútbol. Y seguía soñando con el Challenger, hecho polvo de estrellas. Dicen que somos la "generación Nocilla".
Y hoy, 22 años después, esta canción de Mecano, de ese mismo año, me dice que soy un pesado por pensar en el pasado...
miércoles, 23 de julio de 2008
lunes, 21 de julio de 2008
Pasan los días
Pasan los días de julio. Se desdibuja el dolor, vuelve la calma, la escayola ya huele a pasado, a fósil, me pierdo por una agenda imposible con mucho pasillo, que es por donde mejor se escapan las horas, las semanas, los meses.
Una noche camino, con un amigo, por la calle Conde Duque, a la búsqueda -infructuosa- de una mesa en una terraza. Un ángulo desde el que obsevar la intrascendencia del verano madrileño. Y una música, como un soplo de aire fresco, se me mete en el estómago, con toda la gravedad de los woofer y la poesía ligera del Mediterráneo. En el centro de gravedad cultural se desarollaba, alegre, un concierto de Franco Battiato.
Y la estación de los amores, estalla en mi piel.
Una noche camino, con un amigo, por la calle Conde Duque, a la búsqueda -infructuosa- de una mesa en una terraza. Un ángulo desde el que obsevar la intrascendencia del verano madrileño. Y una música, como un soplo de aire fresco, se me mete en el estómago, con toda la gravedad de los woofer y la poesía ligera del Mediterráneo. En el centro de gravedad cultural se desarollaba, alegre, un concierto de Franco Battiato.
Y la estación de los amores, estalla en mi piel.
lunes, 14 de julio de 2008
Sin retirada.
Leo, después de días de herrumbre, este texto en las paredes del Metro:
El óxido se poso en mi lengua como el sabor de una desapari-
ción.
El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el
olvido,
y no acepté otro valor que la imposibilidad.
Como un barco calcificado en un país del que se ha retirado el
mar,
escuché la huida de los insectos y la retracción de la sombra al
ingresar en lo que queda de mí;
escuché hasta que la verdad dejó de existir en el espacio y en
mi espíritu,
y no pude resistir la perfección del silencio.
Antonio Gamoneda, "Descripción de la mentira".
Estamos para contarnos con los dedos de una mano.
Y para cerrar el puño.
Pero, después de todo, estamos.
Y estamos vivos.
Y estamos fuertes.
Y estamos bien.
El óxido se poso en mi lengua como el sabor de una desapari-
ción.
El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el
olvido,
y no acepté otro valor que la imposibilidad.
Como un barco calcificado en un país del que se ha retirado el
mar,
escuché la huida de los insectos y la retracción de la sombra al
ingresar en lo que queda de mí;
escuché hasta que la verdad dejó de existir en el espacio y en
mi espíritu,
y no pude resistir la perfección del silencio.
Antonio Gamoneda, "Descripción de la mentira".
Estamos para contarnos con los dedos de una mano.
Y para cerrar el puño.
Pero, después de todo, estamos.
Y estamos vivos.
Y estamos fuertes.
Y estamos bien.
lunes, 30 de junio de 2008
Casa
Hoy dormiré, años después, otra vez, en mi casa.
Mi casa que es ya otra casa, que habrá que hacer de nuevo: Con la ayuda de Ikea, remasterizadora útil de vidas rápidas, remezclador de minipisos versionados sobre la marcha, reinventados para el consumo como la sintonía variada de un mix.
Vidas por módulos, metros sampleados.
Mi casa, olerá a pasado, tendrá aún el eco de otras voces. Pero será, también, la cocina del futuro, el baño donde se lavan las cuentas pendientes, el salón donde se recibirá a nuevos invitados. Vivirla será llorarla, reírla, beberla, amarla. El ADN de una casa es su olor: ahí está la composición bioquímica de tus cariños, el rastro de tus ausencias, el aroma de tu vida.
Quimérico inquilino.
Mi casa de Kamosisa hoy abre hasta el amanecer.
Mi casa que es ya otra casa, que habrá que hacer de nuevo: Con la ayuda de Ikea, remasterizadora útil de vidas rápidas, remezclador de minipisos versionados sobre la marcha, reinventados para el consumo como la sintonía variada de un mix.
Vidas por módulos, metros sampleados.
Mi casa, olerá a pasado, tendrá aún el eco de otras voces. Pero será, también, la cocina del futuro, el baño donde se lavan las cuentas pendientes, el salón donde se recibirá a nuevos invitados. Vivirla será llorarla, reírla, beberla, amarla. El ADN de una casa es su olor: ahí está la composición bioquímica de tus cariños, el rastro de tus ausencias, el aroma de tu vida.
Quimérico inquilino.
Mi casa de Kamosisa hoy abre hasta el amanecer.
miércoles, 25 de junio de 2008
Cartografía del afecto
Tengo dos catarros.
Uno es somático, es decir, físico, y lo estoy tratando con varios jarabes que horadan mi estómago cual orugas de metal. Sufro accesos de tos en los que parezco estar sometido a un proceso de exorcismo, y mi color es macilento, lo que bajo el sol impenitente de Madrid debe quedar, cuanto menos, très original.
El otro catarro es psíquico y social. Y lo tengo con algunas personas en concreto. Cuando me vine a Madrid, era consciente de que las expectativas que traía componían una fotografía lejana e imprecisa que, en el ajuste con la realidad, sufriría serias modificaciones. Donde creías que había un afecto, bien coloreado como una montaña alta, hay un valle muy profundo y seco. Donde pensabas que había un desierto ausente, hay una cordillera de cariño.
Unos pocos no han aparecido, ni para preguntar cómo me va la vida. Otros no paran de llamar, pensando más en ellos que en mí. El pequeño elefante llama cuando debe: el más joven es el mejor, un portento de intuición.
La cartografía del afecto retrata un panorama diferente al que esperaba, pero tal vez, con la misma altura media sobre el nivel del mar.
Uno es somático, es decir, físico, y lo estoy tratando con varios jarabes que horadan mi estómago cual orugas de metal. Sufro accesos de tos en los que parezco estar sometido a un proceso de exorcismo, y mi color es macilento, lo que bajo el sol impenitente de Madrid debe quedar, cuanto menos, très original.
El otro catarro es psíquico y social. Y lo tengo con algunas personas en concreto. Cuando me vine a Madrid, era consciente de que las expectativas que traía componían una fotografía lejana e imprecisa que, en el ajuste con la realidad, sufriría serias modificaciones. Donde creías que había un afecto, bien coloreado como una montaña alta, hay un valle muy profundo y seco. Donde pensabas que había un desierto ausente, hay una cordillera de cariño.
Unos pocos no han aparecido, ni para preguntar cómo me va la vida. Otros no paran de llamar, pensando más en ellos que en mí. El pequeño elefante llama cuando debe: el más joven es el mejor, un portento de intuición.
La cartografía del afecto retrata un panorama diferente al que esperaba, pero tal vez, con la misma altura media sobre el nivel del mar.
lunes, 23 de junio de 2008
Narciso
¿Qué es el amor?
Derrida responde a la cuestión eterna de varias maneras. Hace tiempo posteé un vídeo en el que el explicaba la irresoluble disyuntiva amorosa del qué y del quién. ¿Amamos al sujeto, en su específica individualidad, o nos enamoramos de sus cualidades?
En este vídeo, Derrida explica la relación entre Narciso y su Eco. El Eco repite, refleja, el discurso de Narciso, lo que Narciso es o dice. Eco es una copia de Ego. A través del Eco, Narciso se ama a sí mismo: es un amor reflexivo. A través de Narciso, Eco es capaz de amar lo otro, lo fuera de sí: de enajenarse. Y en esa desigualdad, en ese sometimiento, en esa sumisión, hay amor. Si somos ecos o Narcisos, sólo los dioses lo saben.
Derrida responde a la cuestión eterna de varias maneras. Hace tiempo posteé un vídeo en el que el explicaba la irresoluble disyuntiva amorosa del qué y del quién. ¿Amamos al sujeto, en su específica individualidad, o nos enamoramos de sus cualidades?
En este vídeo, Derrida explica la relación entre Narciso y su Eco. El Eco repite, refleja, el discurso de Narciso, lo que Narciso es o dice. Eco es una copia de Ego. A través del Eco, Narciso se ama a sí mismo: es un amor reflexivo. A través de Narciso, Eco es capaz de amar lo otro, lo fuera de sí: de enajenarse. Y en esa desigualdad, en ese sometimiento, en esa sumisión, hay amor. Si somos ecos o Narcisos, sólo los dioses lo saben.
jueves, 19 de junio de 2008
Cambiar
Crecer dentro de unos márgenes. Moverse entre fronteras. Cambiar de posición dentro de unos límites.
Pero, ¿por qué no aumentar los márgenes, mover las fronteras, cambiar la posición de los límites?
¿Por qué, en vez de movernos nosotros, no hacemos que se mueva el mundo?
¿Por qué siempre damos por buena una determinada configuración de opciones, un singular sistema de posibilidades?
¿Por qué no cambiar el sistema?
¿Por qué no cambiar el mundo?
¿Por qué no cambiar de mundo?
Pero, ¿por qué no aumentar los márgenes, mover las fronteras, cambiar la posición de los límites?
¿Por qué, en vez de movernos nosotros, no hacemos que se mueva el mundo?
¿Por qué siempre damos por buena una determinada configuración de opciones, un singular sistema de posibilidades?
¿Por qué no cambiar el sistema?
¿Por qué no cambiar el mundo?
¿Por qué no cambiar de mundo?
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