lunes, 22 de mayo de 2017

Estanterías nodrizas

Casi imberbe, el kamosisa acudía a la biblioteca familiar como siguiendo la llamada de una extraña, poderosa proteína. Los libros eran ubres, unas glándulas nodrizas que contenían el nutriente incomprensiblemente anhelado. Al mirar sus lomos, irregulares, polícromos, un apetito abstracto se abría en la boca de mi cerebro. Las categorías -narrativa española contemporánea, historia del mundo, filosofía, poesía, etc- figuraban un mapa infinito. Tan infinito, como el propio territorio que representaba. 

Llegó la adolescencia, el acné, los complejos: el misterio del deseo me desfiguró el alma y desbarató el cuerpo. Como a todos. Perdido en el laberinto hormonal de los primeros quince años de vida, volví a la biblioteca nodriza. Alunicé y aluciné en sus estantes. Melville, Dostoievsky, Lorca, Proust, Nabokov, Clarke me dieron la bienvenida a un cosmos del que ya no querría salir jamás: allí regían otras reglas. La poesía se hacía cuántica, el espacio y el tiempo adquirían una circularidad borgiana, las traducciones derribaban las fronteras, establecían pasadizos secretos entre épocas y lugares. En este nuevo mundo avistado, arribado y, a medias, conquistado, las palabras eran las moléculas indivisibles; las historias, campos magnéticos. 

Fatigué los mares del Sur en galeazas descuadernadas, observé el reloj de arena aproximarse al final del tiempo, comí el loto en las orillas de Egipto, recordé el futuro, olvidé el pasado.  

Salir de la placenta fue duro. 

domingo, 14 de mayo de 2017

Todo el pasado por delante

Su voz -sedosa- desembarcó en Atocha desde el otro lado del Ebro. Catalán, rubio, esbelto y con un estilo de vestimenta atemporal. Nada delataba un anclaje a una generación o una pleitesía a algún grupo. Era simplemente él, R. En su pequeña maleta cabía un mundo grande. Cabía un fin de semana en Madrid con un tipo mayor que él: la casualidad y los logaritmos de búsqueda los hicieron tropezar en una página de ligues.

Me saludó tímido, casi titubeante, sonriente, escurridizo. ¿Preparado para lo desconocido, para el desconocido, que era yo? ¿Qué estaría pensando de mí? Algo nervioso, me armé de valor, desplegué la mejor de mis sonrisas, el verbo fácil que a veces me socorre, la educación de manual (¿cogemos un taxi o prefieres ir en metro?) que siempre lubrica bien el roce entre quienes se exploran. El vértigo se pegaría a mi nuca: La cosa podría acabar en hartazgo, decepción o sobredosis. Con estas cosas nunca se sabe.

Enseguida percibí el que podría ser el primer escollo: él tenía la mirada cargada de futuro. Yo tenía todo el pasado por delante. Si queríamos caminar juntos, debíamos encontrarnos en alguna intersección temporal.

Paseamos por la Gran Vía, atravesamos Callao y merodeamos por Malasaña, Chueca, Conde Duque. Caminamos y kamosiseamos por la geografía urbana de mi memoria: en esta esquina me besé por primera, segunda y tercera vez; en aquella plaza, un amigo se despidió para siempre. Aquí, a la salida de este bar, creí enamorarme. Había visto esas calles bajo la luz de mil amaneceres distintos, cuando la aventura nocturna se clausuraba, perezosa, pero implacable.  Madrid, refugio de canallas. Mi refugio. Temí ponerme sentimental y pesado. Recordar es diseccionar la derrota, claro. Mi derrota. Cambiemos de tema.

¿Y el futuro? Hablamos, horas. Él quería ser escritor, historiador del arte, guionista y asesor histórico. El pasado -la historia- sería su porvenir. Me sedujo su tranquilidad: destilaba una suerte de inocencia ambiciosa. Quería ser esto y lo otro. Comerse el mundo, sin aspavientos. Sin dar codazos. Compartir la fiesta con alguien. Sonreír, darle dentalladas a la vida. El futuro era suyo. La pregunta era si me cedería una porción. A mí empezaba a escasearme. Necesitaba un préstamos, una transfusión de tiempo virgen.

Esa noche no le robé el futuro, pero sí un beso. En la plaza de los Mostenses: contra una pared llena de carteles de conciertos. Cerró los ojos. Lo tengo, me dije. Soy perro viejo. Es mío. Pero era solo la primera batalla.

Poco a poco, con ayuda de mi instinto, lo fue conduciendo a mi territorio. Fuimos a una discoteca por Sol, en la que había una sesión revival, de los 90, la década que incubó mi personalidad. Empezamos con Vogue, de Madonna. Y terminamos con Corona, The rythm of the night. Fue una noche acrílica, polícroma, sintética. Como aquellos años.

Nos volvimos a besar, a la salida, con la vibración ya lejana de los bafles acariciándonos las tripas. El beso fue más largo y más sincero. Volvió a cerrar los ojos.

Y entonces supe que nos habíamos encontrado en algún punto entre mi pasado y su futuro. Entre mi nostalgia y su esperanza. Entre Madrid y Barcelona.

Y así, hasta hoy. 

viernes, 9 de diciembre de 2016

Insomnia

Uno de mis primeros recuerdos de infancia es una noche de insomnio. Sin pegar ojo. Una hora tras otra. El niño no entendía por qué no se dormía: la oscuridad lo engullía con su desfile de monstruos, miedos deformados hasta el infinito que le enseñaban su peor rostro. 

Luego ha habido muchas noches insomnes. Algunas por motivos felices, otras por preocupaciones inminentes y muchas, sin motivo conocido. Simplemente porque el absurdo de vivir a veces se despierta por la noche e incordia a sus anchas por el laberinto de nuestra consciencia.

En Valencia, el insomnio se identifica al tic tac y la melodía tubular, que llegaba amortiguada por las paredes, del cambio de horas del reloj que había en el salón. 

En Málaga era algún lejano aullido de algún perro o animal nocturno que debía estar mis mismas. 

Ha habido insomnios en habitaciones de hotel, en camas de ligues, en trenes de medianoche.

El desfile de monstruos volvía a desfilar por su pasarela, con ropaje de temporada, con lo que hubiese en el momento, pero igual que hace muchos años. 

¿Qué hacer con los monstruos cuando aparecen? ¿Dialogar con ellos como en la película "A Monster calls in"? ¿Cerrar los ojos? ¿Contar ovejitas? ¿Darme al onanismo mecánico?



Algarabía

Algarabía nació en un tiempo remoto, pero solo recientemente adoptó forma y estructura de Estado. Sin embargo, algo diferencia la nación algárabe de todas las demás conocidas: su territorio, vasto y complejo, no se extiende en el espacio, sino en el tiempo.

Los algárabes pueblan llanuras peinadas por siglos, se abrazan a días que se repiten todos los días. Sus fronteras naturales no son cordilleras, sino horas encadenadas y minutos cosidos por hilos musicales.

Como no tienen espacio definido, pero sí un tiempo concreto, los algárabes se despiertan todos los días a la misma hora, aunque en diferentes sitios. Se acuestan a la vez, hacen el amor al unísono, se alimentan simultáneamente. Cualquier acto tiene lugar al mismo tiempo para los algárabes.

Como su patria está hecha de tiempo, su identidad es ratos melancólica, a ratos esperanzada.

Cuando miran al futuro, ven que su país es infinito.

lunes, 17 de octubre de 2016

El ruido de un trueno

Aburrido del domingo, me compré un billete y me fui de safari al pasado. Quería cazar tiranosaurios, tricerátors y ceratopsianos. Volver a ver aquellos animales imponentes, imposibles, impensables. Retornar a la región hipertrofiada del principio, donde empezó todo. Donde todo empezó a acabar, también.

Como en el cuento de Ray Bradbury, solo había una condición: no podía tocar nada que jugase un papel en la evolución. Hacerlo, podría modificar, tal vez trágicamente, el futuro. Es decir, en mi presente.

Pero el safari ha sido decepcionante: en lugar de suntuosos saurios, me he encontrado en un cementerio de elefantes. Un basurero espacial lleno de chatarra emocional oxidada, flotante, en descomposición. Restos de un mundo lejano y abstracto, estratificado en sedimentos digitales.

He aprendido la lección: cualquier arqueología del yo solo puede volverse en mi contra. La legislación kármica, bajo la cual me rijo desde los tiempos de Ashoka, se empeñará en refutar mi incauto narcisismo, y al fin, castigar justamente cualquier tentación de vanidad.

He aprendido la lección: No se puede hallar esperanza en la nostalgia, solo te escupe esqueletos sin carne: la sombra del vino y el aroma apagado de las rosas. Porque también el kamosisa, esa versión jurásica del ego, es un saurio extinto. No queda sino el reflejo de su sombra. No nos empeñemos en tener todo el pasado por delante, como decía Borges. Borremos, insumisos a la morfología, las conjugaciones malditas.

Volvamos con humildad y determinación, al desierto de lo real.

Porque en el hotel del tiempo todavía quedan habitaciones por abrir y salones por disfrutar. Nuevas y seductoras especies se acodarán en la barra de skay del bar, donde beberemos el licor añejo del porvernir. Si vienes, quien quiera que seas, no hallarás en mí un almanaque, solo una amnesia consciente. Tú serás el primero.

Porque sí, sucederá.

Porque aún no tengo la frente marchita.

Esto es solo la sala de espera del viaje.

jueves, 5 de marzo de 2015

Oiga doctor

Andreu, el psicólogo, me miraba sin pestañear. Había dejado de anotar cosas en su cuaderno y parecía como si aguardase al final de mi relato. Con paciencia. Con extrema paciencia. Una paciencia clínica, casi científica, desapasionada por completo, impropia en un profesional de la mente de apenas 30 años. Adoro a Andreu.

Es un sueño recurrente. El avión se aproxima hacia la ciudad y se estrella con algún edificio alto. A la gran explosión sigue una bola de llamas que consumen lo que queda del inmueble: un esqueleto de hierro semifundido, cristales despedazados, trozos de paredes desprendiéndose. Lo soñaba antes, mucho antes, del maldito 11-S, así que debería haber cobrado derechos de autor a los de Al Qaeda. Y lo sigo soñando después.

Varía la ciudad, difiere la altura de los edificios y cambia el tipo de avión. A veces es un boeing enorme que se estrella contra un rascacielos en Benidorm. Otras veces, una avioneta de hélices hendiéndose contra un edificio art-deco de la Gran Vía madrileña.

Suelo sentir miedo. A veces, trato inútilmente de huir del lugar. Corro sin avanzar, mientras la destrucción da dentelladas a mis talones, arrasando con personas, asfalto, coches y skaters despistados.

Andreu respira hondo... Mide las palabras antes de arrancar.

Ese sueño debe proceder de alguna imagen que viste de niño. Algo se quedó marcado en tu cerebro y se ha convertido en un significante flotante. Algo que simboliza muchas cosas. Casi cualquier cosa. Una imagen capaz de resumir un amplio abanico de emociones. Por eso tu cerebro recurre a ellas.

¿Es malo?

Extirpártelo sería peor. Deja que el avión siga estrellándose. Hasta que se canse.

No eres un psicólogo al uso.

No lo soy. No curo todas las depresiones.

¿Por qué no todas?

Algunas me parecen interesantes, poéticas. Hasta creativas. Las depresiones han dado un buen puñado de obras maestras a la humanidad.

Visto así...

¿Nos tomamos una cerveza en el bar de abajo?

Vale... Tú, yo y mi depresión.

Buena compañía.

Y Andreu, cerró el bloc de notas y se quitó la bata blanca, que tanta y tan artificial distancia ponía entre nosotros.


domingo, 20 de abril de 2014

Cuando el destino nos alcance

Ha pasado más de un año desde que frecuenté este bar por última vez. Todo sigue vagamente igual: la barra, la mesa registradora, la diana a la que lanzábamos dardos envenenados con ron Brugal o alguna ginebra barata, la mesa donde solíamos sentarnos a ver pasar a los clientes. A criticarlos o ensalzarlos. Adorables desconocidos. Protagonistas efímeros, evanescentes, de nuestro teatrillo diario. La chica de ayer. El chico de ayer. O de antes de ayer. Porque los días van quedando atrás. Y también las chicas y los chicos. Y también una porción del kamosisa -o el kamosisa entero, quién sabe- se quedó en ese territorio impreciso al que sólo accedo casi como un arqueólogo en busca de un trozo de vasija. De un abalorio. De un pedacito de algo que haga intuir viejos esplendores. Aquel imperio de felicidad. Cuando éramos jóvenes. De aquel imperio perdido.

No sé por qué vuelvo a este bar cerrado, del que nadie se acuerda. Pero aquí estoy, entre el polvo, mirando fijamente la gramola silenciada. El destino -puñetero traidor- parece que nos ha alcanzado.