lunes, 17 de octubre de 2016

El ruido de un trueno

Aburrido del domingo, me compré un billete y me fui de safari al pasado. Quería cazar tiranosaurios, tricerátors y ceratopsianos. Volver a ver aquellos animales imponentes, imposibles, impensables. Retornar a la región hipertrofiada del principio, donde empezó todo. Donde todo empezó a acabar, también.

Como en el cuento de Ray Bradbury, solo había una condición: no podía tocar nada que jugase un papel en la evolución. Hacerlo, podría modificar, tal vez trágicamente, el futuro. Es decir, en mi presente.

Pero el safari ha sido decepcionante: en lugar de suntuosos saurios, me he encontrado en un cementerio de elefantes. Un basurero espacial lleno de chatarra emocional oxidada, flotante, en descomposición. Restos de un mundo lejano y abstracto, estratificado en sedimentos digitales.

He aprendido la lección: cualquier arqueología del yo solo puede volverse en mi contra. La legislación kármica, bajo la cual me rijo desde los tiempos de Ashoka, se empeñará en refutar mi incauto narcisismo, y al fin, castigar justamente cualquier tentación de vanidad.

He aprendido la lección: No se puede hallar esperanza en la nostalgia, solo te escupe esqueletos sin carne: la sombra del vino y el aroma apagado de las rosas. Porque también el kamosisa, esa versión jurásica del ego, es un saurio extinto. No queda sino el reflejo de su sombra. No nos empeñemos en tener todo el pasado por delante, como decía Borges. Borremos, insumisos a la morfología, las conjugaciones malditas.

Volvamos con humildad y determinación, al desierto de lo real.

Porque en el hotel del tiempo todavía quedan habitaciones por abrir y salones por disfrutar. Nuevas y seductoras especies se acodarán en la barra de skay del bar, donde beberemos el licor añejo del porvernir. Si vienes, quien quiera que seas, no hallarás en mí un almanaque, solo una amnesia consciente. Tú serás el primero.

Porque sí, sucederá.

Porque aún no tengo la frente marchita.

Esto es solo la sala de espera del viaje.

jueves, 5 de marzo de 2015

Oiga doctor

Andreu, el psicólogo, me miraba sin pestañear. Había dejado de anotar cosas en su cuaderno y parecía como si aguardase al final de mi relato. Con paciencia. Con extrema paciencia. Una paciencia clínica, casi científica, desapasionada por completo, impropia en un profesional de la mente de apenas 30 años. Adoro a Andreu.

Es un sueño recurrente. El avión se aproxima hacia la ciudad y se estrella con algún edificio alto. A la gran explosión sigue una bola de llamas que consumen lo que queda del inmueble: un esqueleto de hierro semifundido, cristales despedazados, trozos de paredes desprendiéndose. Lo soñaba antes, mucho antes, del maldito 11-S, así que debería haber cobrado derechos de autor a los de Al Qaeda. Y lo sigo soñando después.

Varía la ciudad, difiere la altura de los edificios y cambia el tipo de avión. A veces es un boeing enorme que se estrella contra un rascacielos en Benidorm. Otras veces, una avioneta de hélices hendiéndose contra un edificio art-deco de la Gran Vía madrileña.

Suelo sentir miedo. A veces, trato inútilmente de huir del lugar. Corro sin avanzar, mientras la destrucción da dentelladas a mis talones, arrasando con personas, asfalto, coches y skaters despistados.

Andreu respira hondo... Mide las palabras antes de arrancar.

Ese sueño debe proceder de alguna imagen que viste de niño. Algo se quedó marcado en tu cerebro y se ha convertido en un significante flotante. Algo que simboliza muchas cosas. Casi cualquier cosa. Una imagen capaz de resumir un amplio abanico de emociones. Por eso tu cerebro recurre a ellas.

¿Es malo?

Extirpártelo sería peor. Deja que el avión siga estrellándose. Hasta que se canse.

No eres un psicólogo al uso.

No lo soy. No curo todas las depresiones.

¿Por qué no todas?

Algunas me parecen interesantes, poéticas. Hasta creativas. Las depresiones han dado un buen puñado de obras maestras a la humanidad.

Visto así...

¿Nos tomamos una cerveza en el bar de abajo?

Vale... Tú, yo y mi depresión.

Buena compañía.

Y Andreu, cerró el bloc de notas y se quitó la bata blanca, que tanta y tan artificial distancia ponía entre nosotros.


domingo, 20 de abril de 2014

Cuando el destino nos alcance

Ha pasado más de un año desde que frecuenté este bar por última vez. Todo sigue vagamente igual: la barra, la mesa registradora, la diana a la que lanzábamos dardos envenenados con ron Brugal o alguna ginebra barata, la mesa donde solíamos sentarnos a ver pasar a los clientes. A criticarlos o ensalzarlos. Adorables desconocidos. Protagonistas efímeros, evanescentes, de nuestro teatrillo diario. La chica de ayer. El chico de ayer. O de antes de ayer. Porque los días van quedando atrás. Y también las chicas y los chicos. Y también una porción del kamosisa -o el kamosisa entero, quién sabe- se quedó en ese territorio impreciso al que sólo accedo casi como un arqueólogo en busca de un trozo de vasija. De un abalorio. De un pedacito de algo que haga intuir viejos esplendores. Aquel imperio de felicidad. Cuando éramos jóvenes. De aquel imperio perdido.

No sé por qué vuelvo a este bar cerrado, del que nadie se acuerda. Pero aquí estoy, entre el polvo, mirando fijamente la gramola silenciada. El destino -puñetero traidor- parece que nos ha alcanzado.

viernes, 22 de febrero de 2013

Que tinguem sort

Volver de Valencia con esta canción adherida a la piel...

Si me dices adiós, quiero que el día sea limpio y claro. Que ningún pájaro rompa la armonía de su canto. Que tengas suerte, y que encuentres lo que te ha faltado conmigo. Si me dices te quiero, que el sol haga el día mucho más largo. Y así robar tiempo al tiempo, un reloj parado. Que tengamos suerte. Que encontremos todo lo que nos faltó ayer.

Y así toma, y así toma todo el fruto que te pueda dar, el camino que poco a poco escribes para mañana. Que mañana, que mañana me faltará el fruto de cada paso. Por eso, a pesar de la niebla, hay que caminar.

Si vienes conmigo, no pidas un camino llano. Ni estelas plateadas. Ni un futuro lleno de promesas.Tan sólo un poco de suerte, y que la vida nos ceda un camino muy largo.

Y así toma, y así toma todo el fruto que te pueda dar, el camino que poco a poco escribes para mañana. Que mañana, que mañana me faltará el fruto de cada paso. Por eso, a pesar de la niebla, hay que caminar.


viernes, 23 de noviembre de 2012

George

He leído que ha suspendido la gira que tenía en marcha, por ansiedad. Su público se quedará sin escuchar en directo "White light", esa maravilla tan electrizante como profundamente triste, tan narcótica como estremecedora. Así es Michael, así ha sido su vida: una fiesta cancelada, o una fiesta que siempre termina en comisaría o entre sirenas, hacia un hospital. El placer al filo de la destrucción. La destrucción o el amor, que decía el poeta, ese ideal de vida al límite, esa manía inconsciente de encarnar la metáfora de nuestro propio absurdo.

Al final, George es sólo alguien que hace sin saber qué hace, que goza sin saber qué goza, que destroza y abraza, que renace de sus cenizas para impregnarlo todo con esa imprevisibilidad que sólo tienen los más grandes. De él dicen de todo: que es el último juguete roto de la fama y el pop, que tiene sida, que está loco de atar. Tal vez. Pero quien ha vivido tantas vidas en una puede morir muchas veces. Porque se va acercando a la eternidad.


jueves, 25 de octubre de 2012

Leaving

Estaba en la esquina de una azotea, donde había una fiesta. Valencia quedaba a nuestros pies. Gente elegante, moderna, con pañuelos al cuello, música chill-out. Se levantó y cruzó la azotea. La misma imagen de dandy del tardofranquismo que la última vez que lo vi, hace 22 años: bigote entrecano, pelo denso y piel oscura habitaban dentro de un traje de lino marrón. El mismo olor a Ducados, el mismo gesto paternal y extemporáneo, lleno de una autoridad adherida a la piel con el peso leve del tiempo. Mi abuelo no había envejecido. Al contrario, parecía rejuvenecido, más alegre, como si estuviese gozando una libertad recobrada.

Me fundí en un abrazo con él. ¿Dónde estabas? ¿Tú no te habías muerto? Eso es lo que creíais vosotros. Ese entierro fue una farsa. Simplemente desaparecí. Necesitaba alejarme de tu abuela, de tus tíos, de todos vosotros. Necesitaba vivir mi vida. ¿Y dónde fuiste? A muchos sitios, pero en realidad, siempre he estado cerca.

Me fui con él. Me dice esto, y con su Ducados adornado con una boquilla de marfil me señala a otro hombre de su edad que se acerca hacia nosotros, y cuyo rostro, por algún motivo, no puedo distinguir. ¿Eres feliz? Es ahora cuando soy feliz. Y entonces los tres juntos iniciamos un recorrido por la Valencia exacta de los años 80, esa ciudad que me enseñaba mi abuelo cuando me dejaban con él: primero fuimos a un kiosko a comprar regaliz, como entonces; luego atravesamos la Plaça Redona, con sus tiendas de pájaros, pasamos por la calle San Vicente Mártir, donde tuvieron su primera casa; bordeamos los Reales Viveros y volvimos a la puerta de la Bolsa, a la que seguía acudiendo por afición de banquero injubilable.

Durante este trayecto, algo que parecía inconcluso se va encajando, casi sin darme cuenta. Y termina de encajarse, con una paz infinita, en el preciso momento en el que mi abuela, su viuda, toca la puerta de mi habitación y me despierta. Cuando la miro, en el ocaso de su vida, un saco de recuerdos, estoy tentado de contarle que lo he visto y que está bien.

Pero es mejor no hablar de eso. Ella lo sabe. Mejor que yo. Y mientras me barnizo la cara con crema de afeitar y voy quitándome las legañas delante del espejo, me digo que, por alguna razón inexplicable, hay gente que nunca se va.



viernes, 28 de septiembre de 2012

Soltarse la melena

Aguanté unos dos meses con la esperanza de que lo peor era lo de enmedio y que al final quedaría bien. Alguien sensato de mi familia, o de mis amigos, además del espejo al que no quería creer, debió de serme franco: "Picha, mejor que te vayas a la peluquería. Y rápido." Debía dar un poco de miedo... El kamosisa era ahora un adolescente asilvestrado, transformado en un híbrido estético entre los chunguitos y el cantante de Boney M. Pero eso sí, con una camiseta negra de Metallica. Muy en la línea del estilo algo macarra y flamenco-marginal del heavy metal andaluz tipo Triana. ¿Fumaría porros, se drogaría, robaría radiocasette de los coches? Debían preguntarse las pijas de El Candado cuando me veían con mi mochila y mis walkman volviendo del Colegio Público.

No, no quería parecerme a Antonio Flores, o a los de Triana, por mucho que los admirase, sino a los chicos guapos de Seattle, como Eddie Vedder, Kurt Cobain, o al nuevo David Gahan, reconvertido jesucristo heroinómano. Eso sí que eran melenas sedosas, de anuncio, con glamour, de las que gustaban a las tías (y a los tíos).

Pero el sueño de dejarme el pelo largo volvía a estrellarse contra mi genética: un pelo demasiado duro, crespo y rizado. Una fregona áspera. Un perfil excesivamente meridional como para parecerme a mis ídolos de la MTV. Por qué me habrán parido tan malaguita, tan serrano, tan torero. O tan chunguito. O tan chicho.

Pero, pelillos a la mar, queda la rebeldía, queda la melena interior y queda el viento de la vida y las injusticias para sacudirla de vez en cuando.

Tal vez, a ellos, a los que sigan vivos, ya nos le quede melena. Pero a todos nos queda la música. La suya.

Keep on rocking in the free world: