viernes, 18 de enero de 2008

Ascensor

Al subir en el ascensor, con el rumor áspero del café entre mis dientes, siento un deseo súbito: que el ascensor suba y suba, que atraviese el edificio y se proyecte contra el cielo.

Segunda planta.

Allí, en algún lugar muy tranquilo, podría descargar de gigabites mis glándulas, vomitar hasta quedarme vacío, expeler mi disco duro hasta que quedase limpio de archivos infectados.

Hoy quiero esterilizarme. Limpiar bien mis esquinas con zotal.

Hoy no estaría nada mal formatearme. Olvidar. Borrar. Empezar de nuevo.

Décima planta.

La inhumanidad es perenne, decía George Steiner, pero nosotros somos finitos. Y por tanto, habitamos espacios que nos condenan a la herida. Es sólo cuestión de tiempo. Y el tiempo es una interrogación que, maldita sea, no se cierra nunca.

Vigésima planta.

Ando estos días sintiendo el puñal frío y ronco de alguna persona, en el trabajo. Un puñal que, al golpearme, ya llevaba otras muchas sangres. Hay puñales que fagocitan a sus portadores, hasta el punto de que el puñal se independiza de su dueño, se hace autónomo, y no le queda más razón de existir que hincarse en carne nueva. Comparto la sangre con una persona querida. Y cuando se une la sangre derramada, se establecen resistencias invulnerables.

Centésima planta.

Aún soy joven, pero mi piel ya tiene algunos graffitis. Y esos graffitis nos recuerdan que sí, la inhumanidad es perenne.

Pero el ascensor ya ha llegado al final.

3 comentarios:

DaNieLo dijo...

Yo cansado de heridas e interrogaciones he optado por cambiarme de país. No soluciona nada, pero al menos lo dejo todo en standby y me doy una tregua.

No sé, no sé, me tendré que pensar eso de adoptarte :P

AnA dijo...

te quiero mucho.
Ana

Kamosisa dijo...

Adoptadme entre los dos, porfi...