viernes, 14 de noviembre de 2008

Belleza

El domingo pasado -ojeras, olor a humo y sexo en mi piel- di con mis huesos en el Reina Sofía, en la exposición retrospectiva, ya casi mítica, de Alberto García-Alix.

Hace una década, cuando descubrí su fotografía, sentí lo mismo: que lo más admirable puede ser lo más desolado, cruel, e incomprensible; lejos de los cánones del equilibrio y las reglas púdicas de la belleza. En arrabales despreciados y mórbidos, lejos de la civilización, en los márgenes de la razón y la cultura, habitan esos destellos incapturables. Lo esencial no es invisible a su objetivo, dirían en el asteroide B612.

El último chute, la ausencia de Willy, esperando a un camello en La Latina. Alix es un narrador costumbrista: miró y retrató lo que veía, su mundo. Me invitó a asomarme a un Madrid que se extinguía entre las cenizas de la noche. Y del que ya sólo quedan estos frágiles reflejos. Un Madrid que veo, como un espejismo, cuando camino por la plaza de la Luna o la calle del Barco, y descubro, en los chaperos, los yonquis y las putas, la estética del mal, la insoportable atracción del infierno.

Pero no interpretemos, como diría Sontag. Sólo miremos.


1 comentario:

Ernesto dijo...

Pues ad-miraré entonces...Un saludo.